OPINIÓN

Sin remedio: centro y pandemia

lucas-ospina-ilustracion.png

Ilustración: Los Naked

Luego de una tarde por el centro de Bogotá, por San Victorino —saltando matones—, a la búsqueda de una máscara para un disfraz para el día de las brujas de mis hijos, de regreso a la casa en el bus intermunicipal, escribí en Twitter un borrador que complemento acá:

La pandemia me quitó la nostalgia del centro que conocí. Como un esparadrapo que se arranca de un tirón de una piel todavía sensible, se fueron la cafetería La Romana, la Ferretería Vergara, la tienda Marandúa, el restaurante El Boliche. Solo queda la ventana esquinera del restaurante Dominó frente a la glorieta de la carrera tercera con calle 19, desde donde hasta hace poco se veían los cerros que taparon las tres torres de los edificios City U.

Acompañé ese trino con unas fotos de una vitrina que vi en mi vuelta por el centro, una vista cada vez más extraña de encontrar y de fotografiar, un hallazgo que me alegró el paseo y luego estimuló otra cosecha de endorfinas con los corazoncitos que recibieron esas imágenes nostálgicas en redes sociales.

Un amigo, el curador Alejandro Martín, respondió a mi trino:

“Muy fuerte. El otro día caminé de la Caracas a la Pola por la Jiménez y asustan. En general asustan por todas partes, y qué cantidad de locales vacíos. Y qué feo que es City U, todo parece de un decorado de serie mala. ¿Será que todo va a ser así?”

Esto me alentó a mandarme a hacer un hilo chueco, una diatriba que intentaré enderezar aquí: 

Grandes locales vacíos al mayoreo y al menudeo un centímetro a centímetro de urbanismo genérico de franquicias de comida. Laberintos de carritos y mostradores minúsculos (para lavar miles de dólares) atendidos por empleados desatendidos en medio de parches de arreglos chambones del contratista de la alcaldada de turno. Universitecas que remodelan el cascarón de edificios patrimoniales donde embodegan estudiantes, empleados y sillas, y engloban manzanas para no hacer nada con ellas (la Universidad del Rosario compró el local de La Romana y mató cualquier futuro público para ese mirador). Los nuevos rascacielos parecen un postre de tiramisú congelado por siempre y para siempre para la vida cortoplacista de la clase estudiantil y ejecutiva: habitáculos con estética de baño de avión con ventanas selladas y paredes que dejan oír jadeos y ronquidos, una arquitectura de ratonera a lo Home Center. Todo esto —el BD Bacatá, la cultura del perro y del guardia, del atraco seguro por fuera de los “corredores seguros”—, comenzó antes de la pandemia, se podría decir que fraguó cuando le expropiaron al escritor Jairo Aníbal Niño su apartamento ubicado en un edificio patrimonial que luego fue demolido para dar paso a City U con la complicidad de las universidades vecinas que siempre están en proceso de expansión. La pandemia le quitó el lustre cultural a la cultura del lucro, ahora es más cruda la visión del sobreprecio que va desde el Bronx Naranja hasta la Apple Store y el "Starsucks" para los "monitos" uniandinos de City U, que se sientan a unos pocos metros de unos rappitenderos venezolanos que escampan en los pastizales descuidados de la zona, para pastar la lluvia, el sol y la inclemencia de un trabajo que nadie más quiere hacer: somos una versión de Mad Max ralentizada mientras las montañas de Guadalupe y Monserrate ríen de nuestras pequeñeces. La capital es quien le enseña al país cómo construirle ruinas a las ruinas a medio construir, como hacer mal las obras públicas para poder volverlas a licitar cada cuatro años y así engrasar el eterno retorno de los carteles de la contratación, clientelismo y votación.

Sobre la historia de los edificios de City U había escrito hace un tiempo un texto en la extinta revista Arcadia en 2014, cuando esas moles apenas estaban en planos:

En medio de la inopia urbanística de las últimas alcaldadas, en la manzana en cuestión, una valla pantallera de la Bogotá Humana en consorcio con “City U” anuncia: “Aquí empieza el renacer del centro de Bogotá”. Las maquinaria se mueve diligente junto al set de una sala de ventas. Mientras la realidad comercial avanza a su ritmo, la promesa cultural sigue siendo solo promesa. El área de la muelita cultural de la nueva Cinemateca Distrital está vacía, el concurso para su diseño apenas comienza.

En ese texto, La manzana envenenada de la cultura, contaba cómo el lote había sido expropiado por el Estado con la disculpa de la construcción de un centro cultural pagado por el gobierno español, un anzuelo que, al final, no trajo una subienda cultural pero sí los tres dinosaurios arquitectónicos de City U.

En 2016, cuando la alcaldía Peñalosa pretendió no tener recursos para construir la Cinemateca Distrital en una esquina estrecha de ese lote, planeada por la Alcaldía Petro, escribí "Ahí tienen su hijueputa cinemateca pintada", donde mencionaba la crónica El precio de la Renovación Urbana, un trabajo de reportería de la investigadora Lina Castellanos sobre el caso de la expropiación por parte del Estado para beneficio de los constructores de City U. 

Castellanos contaba cómo los peces grandes de la especulación devoraron a varias docenas de propietarios para darle al Estado ese “155 por ciento” de utilidad del que tanto se ufanó una funcionaria pública como logro de su gestión. Saul Suárez, un hombre mayor de 70 años, que vivía allí con su mujer Amelia, en un lote que le costó el trabajo de toda una vida, además de señalar el acoso de los funcionarios de la Empresa de Renovación Urbana, la Policía y todas las batallas pérdidas y la indiferencia de los entes de control, contaba sobre el negociado a que fueron sometidos: 

“Es absurdo que la Lonja de Propiedad Raíz de Bogotá haya hecho un avalúo de doscientos o trescientos mil pesos por metro cuadrado. El otro día me fui a preguntar por un proyecto que están vendiendo, el proyecto BD Bacatá. Llegué a la sala de ventas, en la calle 19 # 5-20 y un apartamento de 125.32 metros cuadrados cuesta 733’591.950 millones de pesos, más o menos cinco o seis millones de pesos el metro cuadrado. A nosotros nos ofrecieron 200.000 pesos por metro cuadrado”.

Hace unas semanas, al escribir 10 tesis sobre la Economía Naranja, y mostrar cómo esa política cultural enmascara una política de dominio y privatización territorial, pasé por el BD Bacatá. El proyecto que se quedó en proyecto, se declaró en bancarrota en 2021 en medio de escándalos y demandas de inversionistas defraudados ante el desinfle de la burbuja inmobiliaria de varios proyectos de inversión que lideró Prodigy Network, una firma fundada por el colombiano Rodrigo Niño, radicada en Estados Unidos.

El eco de este tipo de descalabros ahora es visible desde casi toda Bogotá: el edificio más alto de la ciudad, la Torre BD Bacatá, en el que estuvo involucrada como inversionista y promotor Prodigy Network, es una ruina sublime a medio construir o destruir, un monumento a la codicia inmobiliaria que tiene en jaque a más de 6000 inversionistas, trabajadores y empleados que hoy reclaman por las promesas incumplidas de un obra faraónica que prometía ser la punta de lanza de la renovación urbanística del centro de la capital del país.

Esta desazón de perder el Centro me lleva siempre a lo mismo: ¿cómo recuperar algo que siempre parece estar perdido? Es la desazón de la Bogotá Sin Remedio que describió Antonio Caballero en hace casi 40 años, una Bogotá de “una tristeza sórdida de buses y busetas, de semáforos muertos, de edificios a medio construir en medio de charcos amarillos, de parques de los que se han robado los columpios, de vacas pensativas que pastan al pie de las estatuas de los próceres, de basurales, de desempleados, de niños vestidos con uniforme militar”.

El escritor Juan Álvarez acabó de publicar en Twitter una cita de Fernando Molano de Vista desde una acera, novela casi perdida, ahora icónica, y que la fortuna hizo que en la cueva de tesoros de la Biblioteca Luis Ángel Arango algún minero literario la encontrara y la salvara para publicarla. Dice Álvarez que dice Molano: 

“Ya que no vendrá el futuro que esperábamos, al menos podríamos despedirnos de él sin que nos humille la tristeza”.

Pienso en cómo la Pandemia y su inseguridad ha hecho que se valore y cotice cada vez más la seguridad corporativa, los cuerpos institucionales que son refugios de estabilidad laboral y donde el miedo a perder el puesto hace que todo el mundo se aferre más al cargo y minimice todo riesgo bajo la complicidad de aceptar los desmanes del que manda porque el que manda manda. 

La Pandemia le ha servido a este espíritu corporativo para tomar decisiones que antes habrían sido injustificables pero que ahora nadie cuestiona, a riesgo de perder el trabajo o de no acceder a él. Sobre esta violencia corporativa en el cuerpo laboral William Hazlitt, el crítico inglés, de origen irlandés, que vio de primera mano la inequidad que trajeron la primera y segunda Revolución Industrial, escribió a mediados del siglo XIX: 

“Los organismos corporativos son más corruptos y derrochadores que los individuos, porque tienen más poder para hacer daño y son menos susceptibles a la deshonra o al castigo. No sienten vergüenza, remordimiento, gratitud ni buena voluntad”.

Termino esta jeremiada de citas propias y ajenas con una frase sobre los días en que terminó la pandemia en Londres en 1665. La escribió Daniel Defoe décadas después de los hechos, en 1722, al referirse sobre lo mucho que aprendieron las personas a medida que el rebaño humano se alejaba del umbral de esa vivencia radical:

“La población, endurecida por el peligro que había corrido, como los marineros después de una tormenta, era más perversa y más estúpida, más audaz y endurecida, en sus vicios e inmoralidades que antes”.

Compartir