OPINIÓN

Verdes por fuera, rojos por dentro

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Como las sandias, verdes por fuera y rojas por dentro, algunos de los activistas en contra del cambio climático están más interesados en promover una agenda política anticapitalista que en la reducción de emisiones y la mitigación de los impactos.

La crisis ambiental es un buen pretexto para empujar una agenda que había perdido credibilidad desde la caída del muro de Berlín. Siempre es fácil –según esta narrativa– culpar al consumismo desenfrenado, a la avaricia de los banqueros y a la irresponsabilidad de las multinacionales de los estragos ambientales que estamos afrontando.

Algo de razón, quizás, no les falta. La economía de mercado con su mágica fórmula para equilibrar la oferta y la demanda a través del mecanismo de precios asegura la abundancia. La mejora en la calidad de vida que experimentó no solo Occidente sino casi todo el planeta desde el fin de lo que llamaban el “socialismo real” maximizó en el uso de energía y de otros recursos naturales. La mayoría de esta energía provenía de combustibles fósiles, con los impactos ambientales ya conocidos por todos.

Sin embargo, atribuirle los estragos del cambio climático al capitalismo es falaz. La causa de la crisis existencial de la humanidad no se debe a que en la góndola del supermercado haya cuarenta y cuatro clases diferentes de yogur, o a que la gente cambie su carro cada cinco años, o porque tenga en el closet veinte pares de zapatos, o tome un jet intercontinental para irse de vacaciones.

En la cosmovisión de los activistas –esos que les tiran sopa a los cuadros de Van Gogh– todo este exceso está causando un catastrófico impacto ambiental que hace imperativo limitar el consumo. Crecimiento cero, ojalá. Así no sería necesario talar bosques ni desviar ríos. Sobrarían las autopistas, las hidroeléctricas y los puertos. Los minerales y los hidrocarburos se podrían quedar enterraditos a centenares de metros de profundidad. No habría contaminantes fábricas, ni ruidosos comercios, ni estrambóticos edificios de oficinas. Ni habría, en consecuencia, la explotación del hombre por el hombre, ni opresión, ni nada por el estilo. Sería el fin del capitalismo por sustracción de materia.

Esta pastoril visión de mundo –que nos regresaría a un utópico pasado inexistente, supuestamente libre de clases sociales, injusticias y discriminación– era, y siempre ha sido, una quimera.

Resulta que todos los ejercicios colectivistas que se han intentado, desde los bolcheviques hasta Chávez y desde los brutales gulags estalinistas hasta la social-bacanería cubana, han sido estruendosos fracasos.

En cambio, los países que le han apostado a la economía de mercado para salir de la pobreza, con todos sus defectos –es cierto–, han mejorado de manera importante la calidad de vida de sus habitantes. La era de la globalización, que empezó cuando Gorbachov decidió no masacrar a los camaradas socialistas que quisieron tomar un paseo al otro lado del muro, redujo la pobreza absoluta de la población humana del 38% al 8.4% en menos de tres décadas, algo nunca visto en diez mil años de civilización.

Esto es importante recordarlo porque el período entre 1990 y 2019 coincide con el aumento exponencial de las emisiones: entre más desarrollo más carbón en la atmósfera. Lo cual, sin embargo, no ratifica la tesis de estos activistas verdes con corazón rojo, sino que, por el contrario, la invalida. La ausencia de prueba no es prueba de ausencia, como dicen los jesuitas.

La solución al calentamiento global no es dejar a un lado el desarrollo humano y vivir con lo que se tiene. Hay miles de millones de personas en el planeta que sobreviven en condiciones muy precarias. La proposición del decrecimiento puede que tenga algún eco en las aulas de las universidades gringas y europeas donde profesores eméritos se pueden dar el lujo de promulgar el desmonte de las estructuras económicas vigentes, pero los pobres del mundo no. Estos lo que necesitan son empleos de calidad, buenas viviendas, transporte público ágil, servicios sociales y oportunidades de esparcimiento. Nada de lo cual es posible proveer con suficiencia sino se tiene una economía integrada al mundo, libre, moderna, competitiva y capitalizada.

El más reciente informe de Naciones Unidas sobre cambio climático, a pesar del tono histérico, trae algunos elementos de optimismo que ratifican esta posición. David Wallace Wells, uno de los más reconocidos catastrofistas, inclusive lo reconoce. Todo parece indicar que no vamos camino a un mundo donde la temperatura suba más de 4 o 5 grados para el fin del siglo. Esto hubiera sido realmente apocalíptico. Como van las cosas estamos más cerca de los 2 o 3 grados, que no es para nada bueno, pero es mitigable y, de pronto, si los compromisos se cumplen, se puede lograr la cifra objetivo de 1.5 grados en que se basan los acuerdos internacionales.

Estos avances –porque son avances y son importantes– se han logrado, según los analistas, por tres razones: la primera porque los principales contaminadores (China y Estados Unidos) algo están cumpliendo, la segunda porque se ha disminuido el uso del carbón mineral y la tercera y más importante, por los avances tecnológicos. El precio de las tecnologías renovables se ha reducido en varios ordenes de magnitud y eso las hace económicamente viables.

La economía de mercado ha demostrado que produce los incentivos para la inversión de capital y de talento en productos innovadores. Ese es su superpoder. El Estado podrá financiar las iniciativas –como lo hizo en parte con las vacunas de mRNA contra el Covid– pero difícilmente podrá sustituir al empresariado privado. El desafío del cambio climático puede ser el reto más complejo que ha afrontado la humanidad desde que salió de las cavernas. Será cosechando toda la capacidad de creatividad e innovación del homo sapiens, junto con la inmensa infraestructura económica existente, como saldremos del problema en que nos hemos metido. Como lo expuso Bill Gates en “Cómo evitar un desastre climático” el truco es lograr cero emisiones manteniendo el estándar de vida del mundo desarrollado y, al mismo tiempo, creando las condiciones para que los más pobres tengan la oportunidad de equipararse.

Solo utilizando las portentosas herramientas económicas del capitalismo, que han generado inédita prosperidad durante las últimas décadas, se puede resolver el calentamiento del planeta y simultáneamente sacar a millones de seres humanos de la pobreza.

O, dicho de otra forma, es con más capitalismo, no con menos, como se combate el cambio climático.

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