OPINIÓN

Zapateiro, Petro y los peligros para la democracia

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En la tarde del viernes, el general Zapateiro se fue lanza en ristre contra Gustavo Petro. El candidato trinó que mientras el Clan del Golfo asesinaba soldados, los altos mandos del Ejército estaban en la nómina de la organización criminal.

El general, visiblemente disgustado, participó descaradamente en la contienda electoral. Acusó a Petro de usar las muertes de soldados para réditos electorales y le dijo que ningún general recibía plata en bolsas negras de basura, refiriéndose al famoso “Petrovideo”, cuya investigación fue archivada por la Corte Suprema. 

Pero a diferencia de la participación en política de otros funcionarios, como el fiscal Barbosa y el presidente Duque, los trinos de Zapateiro no solo son descarados, sino peligrosos. Son una amenaza directa a la poca democracia que hay en Colombia. 

Es posible que Zapateiro piense que con sus trinos defiende el honor de las Fuerzas Armadas frente a las acusaciones irresponsables de un candidato. Seguramente en las toldas uribistas habrá sectores que lo secunden. Sin embargo, independientemente de si lo que dijo Petro es cierto o no, los trinos del general no atacan al candidato; atacan al pueblo en su conjunto y su capacidad democrática de elección. 

Muy en el fondo, a pesar de sus intenciones, Zapateiro le está diciendo al pueblo que no tiene derecho a elegir el comandante de las Fuerzas Armadas el próximo 29 de mayo. Una afrenta no solo contra los votantes de Petro, sino contra los de Fajardo, Gutiérrez, Hernández o Ingrid Betancourt. Zapateiro no desconoce a Petro, sino que desconoce al pueblo. 

Pero este desconocimiento es aún más grave si proviene de un militar. Los militares tienen armas y autorización legal para usarlas. Esto no es un premio. Más bien, supone una tensión muy difícil de afrontar para las sociedades democráticas: quien está armado tiene la posibilidad de emitir órdenes y ser obedecido, tiene incluso la posibilidad de crear derecho, pero en las sociedades democráticas no mandan los militares, sino que manda el pueblo. 

Esta tensión es irresoluble, pero las sociedades democráticas intentan manejarla y convivir con ella por medio de la “profesionalización” de las Fuerzas Armadas. 

“Profesionalizar” las Fuerzas Armadas no solo tiene un sentido técnico: no se trata simplemente de aprender a disparar las armas de repetición y hacer saltos espectaculares en paracaídas. 

Unas Fuerzas Armadas profesionales son aquellas que se subordinan totalmente a las autoridades democráticamente electas y, por lo tanto, no intervienen en su proceso de elección.

Lo que pasó con Zapateiro nos muestra que la profesionalización todavía sigue pendiente en Colombia. Hay dos obstáculos que se interponen en el camino de la profesionalización plena. 

El primero, la odiosa doctrina del enemigo interno, cultivada durante la Guerra Fría, que asocia ciertas ideas políticas de izquierda con una lógica de acción necesariamente subversiva que pone en cuestión la existencia misma del Estado.

De acuerdo con esta doctrina, no hay Estado de derecho, sino Estado de derecha. 

Pero esta idea no solo está incrustada en algunos (aunque hay que decirlo: no todos) sectores de las Fuerzas Armadas, sino también en una parte todavía significativa de la sociedad colombiana. Los reproches permanentes que se le hacen a Petro por haber sido guerrillero son muestra de ello. 

A uno puede gustarle o no Petro. Pero creer que alguien, a pesar de haber participado en un proceso de paz y haber honrado su palabra de dejar las armas y abrazar la política, sigue siendo un peligro para la institucionalidad por profesar ideas de izquierda refleja la doctrina del enemigo interno.

El segundo obstáculo es que nuestra cultura política asume implícitamente que los militares son una suerte de autoridades civiles. Para muchas personas provenientes de otros países es completamente extraño y antinatural ver la cantidad de veces que los militares ofrecen declaraciones, entrevistas y ruedas de prensa frente a todo tipo de acontecimientos. 

El ejemplo más reciente de esto nos cae como anillo al dedo: la entrevista de RCN al propio general Zapateiro, en la que defiende, como si fuera la suya propia, la política de seguridad interior del gobierno Duque en los operativos militares. Por supuesto, el conflicto armado interno tiene que ver con todo esto, pero eso no es una razón para naturalizarlo. 

Pero la tapa de todo está en la forma en la que los principales medios han cubierto la noticia. Semana tituló que Zapateiro “no aguantó más” a Petro y lo enfrentó. Por su parte, La W nombró la intervención de Zapateiro como una “respuesta” frente a la “arremetida” del candidato contra las Fuerzas Armadas.

Estos titulares son falaces. Todos ellos suponen que Zapateiro es un sujeto común y corriente que ejerce su derecho a la libertad de expresión contra un candidato presidencial. Ponen el hecho como si se tratara de un intercambio sensacional de descalificativos entre dos sujetos políticos con igualdad de condiciones. 

Pero Zapateiro no es un sujeto político común y corriente ni el acontecimiento es una chiva política. Zapateiro tiene hombres con armas bajo su mando y si las armas tienen ideología, el pluralismo de la sociedad democrática se pone en cuestión. 

Obviamente, es una ficción pretender que los que manejan las armas no tengan un corazón o una ideología política. Incluso es razonable pensar que la lógica intrínseca de la acción militar favorece posiciones políticas conservadoras. 

Pero al menos podemos aspirar a que los militares no expresen sus posiciones políticas, mucho menos en tiempos de contienda electoral. Eso sí que es una cuestión de honor. Porque si puede hablarse del honor de las Fuerzas Armadas, este radica en la obediencia de la Constitución y en el reconocimiento del pueblo como su jefe natural en última instancia. 

Esto incluso si a ese pueblo, para bien o para mal, le da por elegir a Petro como presidente.

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