Hace unos días cuando escribí sobre las declaraciones del Presidente Santos en Europa sobre la legalización de las drogas y la titulé preguntando si el tema era un Santos, un amigo muy cercano de La Silla me escribió manifestando su rechazo a nuestro enfoque. La conversación que tuvimos a continuación es muy ilustrativa de dos formas de abordar la política y por ende, el periodismo político. La transcribo tal cual para discutir con ustedes, los usuarios, sobre este tema de la coherencia política, que es crucial para entender (o no entender) lo que sucede en este país.

Básicamente, mi criticaba la incoherencia de Santos, que mientras decía que estaría dispuesto a legalizar las drogas, incluso la cocaína, si ese terminaba siendo el consenso mundial, durante su primer año de gobierno, había impulsado dos proyectos -la Ley de Seguridad Ciudadana y en los primeros borradores del Estatuto de Estupefacientes- que seguían un camino totalmente represivo. Este es el intercambio:

Amigo de la Silla: entiendo tu “preocupación” por la falta de consistencia entre la política interna y la externa, pero allí es donde está el valor de las declaraciones de Santos. Los presidentes no se atreven a ser incoherentes por miedo a las consecuencias políticas internas, así estén de acuerdo con la legalización en términos filosóficos o prácticos.

La incoherencia es lo único que va a permitir que el debate mundial progrese, porque si para discutir la legalización los gobiernos tienen que estar de acuerdo con ella, o avanzando hacia ella, nunca se va a dar. Por eso es inteligente la estrategia de Santos: acataré la legalización si esa es la decisión, así no entra en contradicción con la política interna de ningún país y estimula a que el debate técnico progrese serenamente para que pueda coger forma.

Hoy la legalización no es viable políticamente, pero Santos decidió no encogerse de brazos, sino trabajar donde toca, en lo internacional. Como dice Ronald Heifetz, hay que ponerle calor a los alimentos para que se cocinen, pero por fases, para que no explote la olla a presión y se termine retrocediendo.

Mi respuesta: A mí me parece que hay pasos que uno puede dar en una dirección si es coherente con esa visión de que sería importante un giro que van mucho antes de la legalización. o puede quedarse quieto mientras busca un nuevo consenso. Pero ponerse a sacar leyes que dicen totalmente lo contrario al discurso chévere que echa por fuera sí me parece que pone en evidencia lo poco seria que es esta convicción.

Amigo: La política es de realidades y no de principios, lo ha sido y lo será siempre, no porque los políticos sean pragmáticos sino porque la sociedad y la vida lo son, y están en juego intereses contradictorios y la función de la política es interpretarlos.

Distinto es que se busque permanentemente influir en la realidad con principios, cosa que a veces se logra y a veces no, y cuando se logra, no siempre es con coherencia, que no siempre es la mejor amiga de la efectividad. Cuando los principios no llegan al poder, no se ponen en práctica. La relación entre fines y métodos no es fácil, pero es necesaria, y no siempre debe imperar el mismo.

El problema de la visión moralista o principista de la política es que se limita a valorar la coherencia como un bien superior, cuando la política tiene la función de generar hechos reales en la sociedad, y en muchas situaciones la coherencia es un obstáculo para conseguir los mejores resultados, porque las circunstancias cambian, porque hay pugnas entre grupos que hay que conciliar, porque muchas veces lo ideal es enemigo de lo bueno.

Por eso muchos políticos bien intencionados fracasan en el ejercicio del poder, porque se aferran a sus principios cuando a veces no les queda otro recurso que decidir entre alternativas reales, con el criterio de la menos mala. Gobernar no solo es hacer lo “correcto” sino lo posible, porque hay carencias de recursos, de tiempo, porque a veces los propios ciudadanos son enemigos de lo bueno, y llevados por prejuicios, miedos o intereses obstruyen la labor de los gobernantes, que tienen que recurrir a mentiras piadosas, a silencios, a manipulaciones para llevar a sus sociedades en la dirección correcta (ej. Roosevelt para entrar a la segunda guerra).

En muchas ocasiones no es posible o conveniente forzar a una sociedad a hacer lo que no quiere, independientemente de la conveniencia, o no por el momento, y el gobernante debe renunciar a ella, o buscar otra menos buena pero posible, porque los problemas, los reclamos, las necesidades necesitan acción, soluciones, independientemente de si coinciden o no con lo propuesto inicialmente por el candidato.

El planteamiento de Héctor Riveros sobre Gustavo Petro es cierto: ¿qué es más importante, que sea coherente con lo prometido en la campaña, o que acierte?

Álvaro Uribe es en algunos aspectos ejemplo de coherencia por su tendencia dogmática. Juan Manuel Santos, por el contrario, es más estratégico. A veces lo importante en política no es el cómo sino el resultado, lo que no quiere decir que todo vale. Lo incoherente no es necesariamente inmoral, puede ser lo contrario. Lo moralmente correcto a veces es más el resultado que el método.

Los moralistas tienden a ver solo la incoherencia ajena y terminan siendo idiotas útiles de otros incoherentes, como Petro, o en el caso del debate de la legalización, de extremistas como Uribe.

Pedir coherencia en política exterior es ingenuo porque casi todas son incoherentes con la política interna, y cuando se vuelven coherentes, como la de Uribe, son ingenuas y fracasan. La búsqueda absoluta de la coherencia tiende a reducir la política, que es compleja, a simplezas, en este caso lo que afecta a Colombia no es el prohibicionismo interno, sino el internacional.

La estrategia de Santos le da autoridad para pedir la discusión porque cumple fielmente con el consenso actual. No es lo mismo que Colombia, productor, asuma las políticas de Holanda, consumidor. Lo que tiene que evitar Colombia para salvarse de la tacha de uribistas, árabes, republicanos, y padres asolados por la adicción de sus hijos, es aparecer permisivo. Eso simplemente lo sacaría del cuadrilátero.

El debate está abierto.

Soy la directora, fundadora y dueña mayoritaria de La Silla Vacía. Estudié derecho en la Universidad de los Andes y realicé una maestría en periodismo en la Universidad de Columbia en Nueva York. Trabajé como periodista en The Wall Street Journal Americas, El Tiempo y Semana y lideré la creación...