La semana pasada fue una semana mala para La Silla Vacía. Por primera vez en el año que llevamos de vida tuvimos que rectificar. Y no solo una, sino dos veces.

La semana pasada fue una semana mala para La Silla Vacía. Por primera vez en el año que llevamos de vida tuvimos que rectificar. Y no solo una, sino dos veces.

La primera fue culpa mía. Dije en el querido diario que el general Freddy Padilla había ido a una cena en casa de Fernando Londoño con el precandidato Andrés Felipe Arias el sábado anterior a elecciones. Alguien del conjunto donde viven Londoño y Arias nos lo contó. Vio el dispositivo de seguridad, preguntó de quién se trataba, le dijeron que Padilla estaba donde Londoño, Londoño fue profesor y es amigo de Padilla, Londoño es el asesor de Arias. No habría razón para que la fuente mintiera. Publiqué la nota el día de elecciones, entre el corre-corre del cubrimiento electoral.

Al día siguiente, Fernando dedicó varios minutos de su programa radial a decir que yo era una mentirosa. El segundo día también nos dedicó su editorial, esta vez a destacar como yo no había honrado ‘mi noble cuna’. Me lo dijo también personalmente por teléfono, además de enviarle una razón a mi fuente: “si es un hombre es un mal nacido, si es una mujer la decencia solo le alcanza para estar en un burdel’. Dijo que Arias sí había almorzado en su casa pero a Padilla hacía seis meses que no lo veía.

Mi fuente ratificó la versión de que el general había estado en el conjunto. Pero de pronto, ¿no era el general, sino solo su escolta? o ¿de pronto lo habían confundido con otro general en ese conjunto donde viven otros ex generales? o ¿quizás sí había estado allí, pero había ido a visitar a otro amigo? Al fin y al cabo, nadie lo había visto dentro de la casa de Londoño.

Habría bastado con que yo llamara a Arias, Londoño o el general Padilla antes de publicar la nota para haber evitado el error. Es cierto que los tres lo podrían haber negado aún habiendo sucedido. Pero yo habría tenido más elementos para juzgar la veracidad de la información. Era día de elecciones, y todos estaban demasiado ocupados para contestar sobre algo que no era realmente importante y por eso no los llamé. Y si no era realmente importante, igual, ante la duda, habría sido mejor quedarse callada. No seguí el protocolo que hemos establecido en La Silla de verificar todo antes de publicarlo y pagué caro por ello.

La segunda rectificación fue de Claudia López, que es blogger de La Silla Vacía. Aunque no es parte del equipo periodístico, le pedimos que escribiera unos artículos sobre los herederos de la parapolítica, un tema del que pocos saben tanto como ella. Por un error inexplicable, escribió que el esposo de la senadora de la U Dilian Francisco Toro, Julio César Caicedo, había sido investigado y condenado en el proceso 8.000. Caicedo mandó una carta respetuosa a La Silla Vacía acreditando con un certificado judicial que jamás había sido condenado. Claudia se había confundido con la condena a quien fuera su jefe político, Manuel Francisco Becerra, quién sí fue castigado en ese proceso. El domingo rectificamos.

El martes, en el consejo de redacción, fuera de darnos golpes de pecho sobre los errores cometidos, debatimos sobre las rectificaciones. Carlos y Cristina creen que hemos debido rectificar de otra forma. Carlos cree que en lo de Londoño hemos debido titular: Rectificación. Creo que tiene razón. Fernando, según lo dijo nuevamente en su programa, le pareció que fue un reconocimiento ‘tibio’ del error y que además había usado ironía, cosa que nunca fue mi intención. Pero es cierto que si uno va a reconocer un error mejor decirlo categóricamente. Cristina cree que la rectificación de Claudia dentro de otro artículo era una especie de ‘engaño’ con los lectores y con el afectado. Que era mejor rectificar en otra parte. Yo consideré y lo sigo pensando que era más justo con Caicedo hacerlo en un artículo de seguimiento de Claudia al mismo tema y con la misma foto que seguramente iba a interesar a los mismos.

En fin, el debate sobre dónde y cómo debemos rectificar continúa. Aunque esperamos no tener que volver a hacerlo en mucho tiempo. Porque los periodistas cometemos errores como todo el mundo, pero lo hacemos en público. Igual a como triunfamos. Y aunque muy rara vez los errores periodísticos obedecen a mala fe como suelen presumirlo los afectados, sí hay forma de evitarlos: verificar, verificar y verificar. Cosa que no hicimos esta vez lo suficiente y por eso, les debemos a los afectados y a ustedes, nuestros usuarios, un nuevo mea culpa.

Juanita León

Soy la directora, fundadora y dueña mayoritaria de La Silla Vacía. Estudié derecho en la Universidad de los Andes y realicé una maestría en periodismo en la Universidad de Columbia en Nueva York. Trabajé como periodista en The Wall Street Journal Americas, El Tiempo y Semana y lideré la creación...