Sí, hay gente que usa las marchas para acabar con todo, para botar piedra y hacer estallar cosas, como si fuera un juego bellaco de tejo jugado con ocioso escrúpulo, pero, por fuera de estos mercenarios de ocasión, de estos machitos alfa de la saña, de estos condenados a una eterna adolescencia cerebral, ¿qué pasa con el terror de Estado?

En el video se ve cómo la policía en Bogotá hace lo mismo, pero no tira piedras, sino que el parrillero de una de las motos lanza un gas lacrimógeno porque sí, sin ton ni son, por joder. Y lo manda al Parque de los Periodistas donde nada está pasando, ¿a quién le irá caer la vaina? ¿a un niño? ¿a un informador? Y luego la misma policía continúa su marcha de terror motorizado por todo el centro de la ciudad, como una nube de abejorros. El policía que dispara no maneja la moto pero sí lanza gases con virilidad, para que no lo confundan con hembra, para correrse como macho y cuantas veces le de la gana.

Y sí, seguro la fuerza policial en algo habrá hecho bien su labor, habrá detenido a alguien por romper un vidrio, habrá impedido que le saqueen la tienda a un inerme negociante, habrá evitado que manchen sin piedad una pared con letreros varios —fatigados clisés por lo general— que luego, al otro día bien temprano, tendrán que limpiar los aseadores y no el gerente del negocio ni la junta del banco… Pero lo que prima con algunos de estos tiras tiragases es una sandez que los hermana con los revolucionarios de la involución, hay necedad de lado y lado, un afán de justificar la existencia propia y de hacerlo con el arma, bien sea piedra, varilla, bolillo, gas o electrochoques.

Los atarbanes policivos, los oficiales y los vándalos, son tan parecidos que intercambian de rol. Los policías se visten de manifestantes, se infiltran y propician el desmán ante sus colegas del ESMAD, pero la caterva de encapuchados aprovecha para sentirse ley por unas horas y cualquier observación contraria o llamado a la mesura es un delito, es gasolina para la hoguera hormonal que les calienta la sangre a estos convictos de la edad de piedra.

Esto es un juego bellaco de tejo donde la protesta justa deja de ser lo protagónico —lo que pasa en el campo, lo que pasa en la educación, lo que pasa en la política—, y los protagonistas son todos esos ángeles exterminadores oficiales o alternativos que fraternizan en un solo corazón y tienen su partidito de terror, usan de balón a los que intentan verbalizar su descontento con el paso a paso, consigna a consigna, tutela a tutela. Al final todos terminan disminuidos, emparentados por proximidad con el matoneo de la fuerza bruta. Así es como la protesta justa pasa a un segundo lugar ante el llamado de la autoridad, el aullido de un espíritu medioclasista es canalizado con astucia por un presidente que, más oportunista que opòrtuno, se juega las cartas del orden y la normalidad para cerrar la partida con mano dura.

Lo único bueno del evento del jueves es que sucedió en el centro de Bogotá, la capital, y muchos pudimos sentir caer una gota del chaparrón que se repite con pasmosa cotidianidad en muchos otros lados de la ciudad y del país, donde hace días, semanas, meses, años, décadas, se sufre lo que acá tuvimos en dosis homeopática.

Y está bien, bueno es sentir en Bogotá un terror adicional al de la criminalidad urbana, un módico bogotazo, eso nunca sobra para sentirse mejor, más feliz, al menos por comparación al resto del país. Ya llegará el día en que corten la luz o el gas en toda la ciudad y la perspectiva de bañarse con agua fría, o de no tener internet ni celular, nos hará reaccionar y, ante la contingencia de que realmente ahora sí tengamos algo que perder, todos saldremos a protestar y a servirle de balón al que quiera patearnos de aquí para allá. Ese día comenzará la marcha de un pueblo oprimido que empuñando la bandera de la libertad hará la revolución contra sus tiranos. Pero luego, cuando el relevo dirigente tome el poder, oprimirá a su vez al pueblo que alguna vez lo apoyó. “Los gobiernos pasan, las sociedades mueren, la policía es eterna”, decía Balzac.

Bogotá, 1971. Profesor, Universidad de los Andes. A veces dibuja, a veces escribe.luospina@uniandes.edu.co