columnista Marta Ruiz

Colombia debería condenar sin titubeos el ataque letal e indiscriminado que ha cometido Hamás contra civiles de Israel en su ofensiva militar. Colombia debería condenar sin ambages los crímenes atroces que Israel comete a diario en la franja de Gaza, y la brutal contraofensiva que ha iniciado contra sus habitantes. La condena moral y política de esos actos indiscriminados no riñen con una comprensión sobre el contexto que ha producido este nuevo capítulo del conflicto más complejo del planeta. 

Hamás no representa al gobierno palestino, pero ciertamente tiene un amplio apoyo dentro de su pueblo a pesar de ser fundamentalistas y mantener un orden de hierro. Tienen esa doble faceta que les hizo echar raíces, crecer y ganar respaldo: son quienes brindan seguridad, pero también pan a personas que viven en la extrema miseria y sin esperanza. Su ofensiva era algo que podía ocurrir en cualquier momento, pero nadie se lo esperaba de manera tan masiva, tan sorpresiva y con tanta capacidad de fuego. El ataque humilló a Israel, cuya respuesta a las provocaciones suele ser demoledora. Ante los ojos del mundo, quiere matar de hambre, de frío y de sed a toda la población que habita en la franja de Gaza. Sabemos que habrá que negociar tarde o temprano y ojalá no sea cuando ya no quede piedra sobre piedra.  El gran interrogante es cuál será la movida de Irán y que implicaciones geoestratégicas tendrán estas semanas anegadas en sangre en una región tan compleja como el Medio Oriente.

Hamás no solo respondió a la cruzada diplomática de Israel, especialmente a sus acuerdos con Arabia Saudita que incluyen un fuerte componente militar, sino justamente a la debilidad y la fractura del gobierno más extremista y cruel que haya tenido ese país en las últimas décadas: el de Benjamín Netanyahu. Solo la ineptitud de este hombre puede explicar que el mito de la defensa israelí se hubiese resquebrajado, y que entre su negligencia y la radicalidad de Hamás se haya terminado debilitando a la autoridad palestina que aboga por un camino negociado. Temporalmente Netanyahu ha logrado que lo rodeen hasta sus adversarios, pero habrá que ver hasta donde los sectores demócratas de su país están dispuestos ciertamente a cometer un genocidio contra los palestinos.  

Está bien que desde voces más informadas se explique las aguas profundas que mueven tras esta guerra. Así lo hizo Petro de manera reciente en la Asamblea de la ONU cuando clamó para que la comunidad internacional hiciera algo por Gaza. Es cierto además que el inclemente sufrimiento de los palestinos ha sido generalmente ignorado por los medios de comunicación. Sin embargo, nada de esto es impedimento para que se condenen los métodos que utilizó Hamás directamente contra los civiles. Matar a jóvenes en un concierto, ancianos en los kibutz, secuestrar niños, son actos que no se corresponden con la idea de liberación de un pueblo. Matar civiles es un crimen atroz aquí, en Cafarnaún, en Mapiripán, en Catatumbo o donde se quiera. 

Casi todas las guerras son juegos de espejos donde las atrocidades de unos se convierten en justificación para las atrocidades de los otros. Así fue en Colombia también. Son dinámicas imparables porque el agravio es un motor muy poderoso que se escala con el tiempo. Se vuelve frenético e imparable. Con frecuencia los fríos análisis geopolíticos nos hacen olvidar que conflictos como éste, el de Israel y Palestina, están hechos de sentimientos de odio, humillación y deseo de venganza seculares. Que lo que se juega es la identidad de estos pueblos, encarnada en su territorio. Un conflicto atrapado en un juego de suma cero: la existencia de un país parece negar la del otro.

Es por esa inminencia del desastre, incluso para los palestinos, que no es comprensible la incapacidad del presidente Petro de simplemente condenar los ataques a civiles vengan de donde vengan. Está bien poner el contexto y contar la historia oculta y ocultada del sufrimiento palestino. Pero hay que tenerlo claro: en esta guerra van a morir sobre todo civiles, y sin ninguna duda el sufrimiento de los palestinos será desproporcionado como ya es la respuesta de Israel. Ya sabemos que la comunidad internacional no hará mucho. Ya sabemos que los crímenes de Israel quedarán en la impunidad. Ya sabemos que esta provocación de Hamás justificará la extensión de una guerra de proporciones no imaginadas, con recursos de daño masivo más sofisticados que nunca.

Una parte importante de la izquierda en Colombia aún defiende las guerras justas. ¿Es esa la posición de Petro? ¿Es la de Colombia en el mundo? Si es así, quiere decir que no aprendimos nada de nuestra propia autodestrucción. Colombia, en virtud de su propia tragedia, debería ser el primer abanderado de la solución pacífica. Tendría que enarbolar por lo menos una posición ética, política y diplomática a favor de la paz, de la negociación, una posición abiertamente pacifista.  

Menos es más dice un sabio consejo. Flaco favor le hace al país la incontinencia del presidente en su twitter.  Sus comparaciones superlativas y fuera de contexto con el Holocausto han contribuido a banalizar la comprensión de los hechos. Así como Petro tuvo la audacia de encarar a la comunidad internacional y su doble rasero cuando habló de los palestinos en la ONU, esta vez ha divagado tanto en su mensaje, que no nos queda claro si al fin repudia o no un ataque indiscriminado contra los civiles. No hay silencio posible sobre los crímenes de guerra y los actos atroces.  El silencio de Petro al respecto me deja un gran sinsabor. 

Marta Ruiz es periodista y fue Comisionada de la Verdad en Colombia. A lo largo de su profesión ha cubierto diversas dimensiones de la guerra y la paz en su país, por el que ha recibido premios como el Rey de España, el Simón Bolívar, el premio de la SIP. Hizo parte del equipo de Revista Semana...