

Para todos aquellos en Colombia que miran con simpatía el modelo social-liberal de la Tercera Vía con que Tony Blair gobernó el Reino Unido durante una década, la experiencia del mandatario británico que trajo la paz a Irlanda del Norte resulta inspiradora a la hora de trazar la ruta hacia una posible negociación con las FARC. De hecho, un observador podría encontrar aparentes similitudes entre la trayectoria que condujo a la paz en el Ulster y lo que algunos ya consideran como la segura deriva del escenario estratégico colombiano hacia una solución negociada. El problema con esta hipótesis es que en seguridad no todo es lo que parece.
En principio, se pueden encontrar ciertas semejanzas entre ambos conflictos. Las FARC y el IRA Provisional son grupos terroristas muy distintos –ultranacionalistas católicos los unos y marxistas los otros – pero los dos han alimentado conflictos prolongados que llegaron a ser considerados prácticamente insolubles. Además, en ambos casos, surgieron formaciones paramilitares -la Fuerza de Voluntarios del Ulster (UVF) y las AUC – que contribuyeron de forma decisiva a intensificar la violencia y complicaron sustantivamente el escenario estratégico.
En este contexto, la comparación de las rutas seguidas por los gobiernos de Londres y Bogotá para enfrentar la violencia resulta muy tentadora. Tras su ascenso al poder en 1979, Margaret Thatcher rechazó cualquier compromiso con el IRA y lanzó una fuerte campaña antiterrorista en Irlanda del Norte que llegó a involucrar a 22.000 soldados británicos en un territorio de menos de 14.000 kilómetros cuadrados (bastante más pequeño que Huila). Tras la dimisión de “Maggie” en 1990, el también conservador John Major continuó con la estrategia de presión militar al tiempo que abría conversaciones con los partidos católicos y protestantes norirlandeses para buscar una salida negociada. De este modo, a la llegada de Blair al puesto de primer ministro en 1997, los “Provisionales” atravesaban sus horas más bajas tras 18 años de presión militar ininterrumpida.
Como consecuencia, el esfuerzo del líder laborista británico para alcanzar una solución negociada al conflicto norirlandés encontró al IRA en un escenario con pocas salidas. Si rechazaban la oferta de diálogo, los terroristas se enfrentaban a la prolongación de la ofensiva de las fuerzas de seguridad británicas. Por el contrario, si decidían sentarse a la mesa de conversaciones, debían aceptar el final de una organización cuyos orígenes se remontaban a la década de 1920. Bajo estas circunstancias, los “Provisionales” terminaron aceptando el acuerdo de “Viernes Santo” de 1998 que dio paso a un tortuoso proceso de desmovilización cuyo cierre se prolongó hasta la renuncia a la violencia del IRA seis años más tarde.
Así las cosas, la posibilidad de encontrar paralelos con el caso colombiano no parece difícil. Durante 8 años, la administración Uribe impulso una campaña militar sostenida contra las FARC que obligó al grupo armado a replegarse a hacia las zonas más remotas del país y redujo su capacidad operativa de forma drástica. En consecuencia – como Blair en su momento – el presidente Santos podría tener la oportunidad de negociar un acuerdo de paz en un plazo relativamente corto.
Sin embargo, esta teoría pasa por alto dos cuestiones que marcan diferencias decisivas entre el IRA Provisional en la Irlanda del Norte de 1998 y las FARC en la Colombia de 2012: lo que podía esperar uno y otro grupo si decidían perseverar en la guerra o apostar por la paz.
En términos militares, la situación de los “Provisionales” era ciertamente difícil. El IRA podía continuar realizando ataques como lo demostró con el atentado contra los Docklands de Londres de febrero de 1996; pero en general la inteligencia británica había penetrado su estructura hasta hacerla transparente y por tanto vulnerable. En otras palabras, el Ejército y la Policía británicos estaban en condiciones de asestar un golpe decisivo a la capacidad operativa del grupo terrorista. Además, Londres había fortalecido la cooperación antiterrorista con Dublín hasta el punto de negar a los militantes del IRA la retaguardia segura de la que habían disfrutado durante décadas en el territorio de la República de Irlanda.
En el momento presente, la situación de las FARC es muy distinta. La organización todavía cuenta con unos 9.000 combatientes de tiempo completo más un número indeterminado de milicianos (frente a los 800 con que contaron los “Provisionales” en su mejor momento). Además, pese a los indudables éxitos de la inteligencia colombiana, lo cierto es que todavía no ha penetrado la guerrilla hasta un nivel semejante al que lograron los servicios de información británicos con el IRA.
Por otra parte, Colombia no puede esperar de Venezuela un nivel de cooperación antiterrorista ni lejanamente parecido al que en su momento existió entre el Reino Unido y al República Irlandesa. De hecho, las FARC todavía cuentan con simpatías importantes entre ciertos sectores del país vecino. Para muestra un botón. Hace unos días, la Cancillería colombiana se vio obligada a emitir un comunicado de protesta por el homenaje realizado el extinto Manuel Marulanda “Tirofijo” en Caracas. Desde esta perspectiva, la guerrilla colombiana no se encuentra en una situación militar sin salida como la que en su momento enfrentó el IRA. Sencillamente, el desarme no es su única opción.
Pero además, la distancia entre lo que consiguió el IRA con la paz y lo que pueden esperar las FARC es muy grande. Los “Provisionales” contaban con suficientes simpatías entre la comunidad católica norirlandesa como para que su decisión de abandonar las armas fuese una apuesta políticamente rentable puesto que les abrió la puerta a conquistar cuotas de poder significativas a través la participación en las elecciones. De hecho, el Sinn Fein como brazo político del IRA incrementó su caudal de votos tras los acuerdos de paz y entró a formar gobierno al lado de los protestantes del Partido Unionista Democrático en 2007.
Las perspectivas políticas de las FARC son completamente distintas. No cuentan con respaldo social, ni en las zonas rurales, ni mucho menos en las ciudades. Por otra parte, carecen de una organización política legal –similar al Sinn Fein – que les garantice una cuota de influencia electoral después de abandonar las armas. De hecho, los seguidores de “Timochenko” enfrentan el rechazo de una amplia mayoría de la izquierda que en muchos casos ha sido víctima de la inclinación de la guerrilla a resolver cualquier disidencia con el señalamiento como traidor, la amenaza y el asesinato.
En consecuencia, la desmovilización y el tránsito a la legalidad parecen muchos más difíciles y sobre todo menos atractivos para las FARC que en el caso del IRA. En otras palabras, la guerrilla todavía puede percibir las armas como un instrumento más efectivo para influir sobre el escenario político colombiano que un proceso de paz que promete condenarles a la irrelevancia política. Ciertamente, este cálculo puede cambiar a medida que los sucesivos golpes militares debiliten la organización. Pero en este momento, las FARC no se encuentran en el callejón sin salida que forzó al IRA a abandonar las armas. La ruta seguida por Tony Blair para llevar la paz a Irlanda del Norte puede parecer políticamente tentadora; pero actualmente es impracticable en Colombia.
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