Los subsidios al agua y a la energía han suscitado interesantes debates. Algunos los defienden como parte de las medidas para llevar servicios básicos a los sectores de bajos ingresos, como es el caso del consumo vital gratuito de agua para los hogares más vulnerables. Otros consideran que subsidiar estos servicios envía una señal perversa, al estimular usos ineficientes y comprometer las finanzas de las empresas que los suministran. Es, de todas formas, un debate de largo alcance. Pero cualquiera que sea la decisión sobre tarifas, en todos los escenarios es preferible un uso racional del agua y de la energía: entre menos se desperdicie, mejor para todos.

Como parte de la locomotora minero-energética el Plan de Desarrollo incluye un programa de uso racional y eficiente de la energía (Proure) que plantea, entre otros aspectos, incentivar la sustitución de bombillos y electrodomésticos antiguos por otros más eficientes. Según un estudio realizado por la Universidad Nacional, la nevera es uno de los electrodomésticos que más pesa en la factura de energía de los hogares que tiene estufa a gas: entre una cuarta parte y la mitad del consumo mensual de energía eléctrica va para la nevera; y recalienta el presupuesto familiar. Sólo le gana la ducha eléctrica en ciudades frías como Bogotá y Pasto, cuando no se usa calentador a gas.

Como este es un país con altos niveles de desigualdad, la gran mayoría de los hogares (incluidos los que tiene nevera) son de los estratos uno, dos y tres, en donde se subsidia la energía. Y más de la mitad de las neveras en estos hogares tienen más de quince años de uso, están fabricadas con materiales que dañan la capa de ozono y son muy ineficientes desde el punto de vista energético. Una nevera vieja, de tamaño mediano, consume en promedio alrededor de 90 kilovatios hora por mes; en contraste, una nevera nueva del mismo tamaño podría consumir menos de la tercera parte de esta energía. El ahorro sería en la factura mensual de cada hogar; pero también en los subsidios a la tarifa de energía pagados con recursos del Ministerio de Hacienda. Cambiando su nevera, un hogar promedio de estos estratos se ahorraría entre ocho y nueve mil pesos mensuales; y los ahorros en subsidios a cargo del Estado estarían entre 40 y 45 mil pesos anuales por cada nevera remplazada.

Claro que la pregunta del millón es de dónde saca un hogar de bajos ingresos cerca de un millón de pesos para comprar una nevera nueva. Pero sería fácil si se adoptan medidas similares a las que se aplican en México: crédito barato para la compra de la nevera, con cuotas similares al ahorro en la factura mensual de energía; y un bono para cubrir parte del precio de la nevera nueva, contra entrega de la nevera vieja que se chatarrizaría protegiendo el ambiente. Pero además ayudaría muchoa estimular la demanda si se elimina el IVA para las neveras eficientes de tamaño pequeño (como se hace actualmente con los computadores de bajo costo, con mucho éxito). Con toda seguridad los menores ingresos de Hacienda por la exclusión de IVA, más los costos en que se incurriría por el bono por cada nevera vieja, se cubrirían rápidamente con los ahorros en los subsidios pagados actualmente por consumos ineficientes de energía en los hogares más pobres. Por lo menos así lo demuestra un reciente estudio del programa de protección de la capa de ozono del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. Cambiar privilegios tributarios perversos al sector minero-energético por una reducción virtuosa de impuestos a los más pobres, más que se justifica.

Coletilla. Cambiar la nevera es un buen negocio para todos los estratos… pero mejor negocio es ser un . Todvía estamos a tiempo… no nos quedemos atrás!