La pregunta es por qué en la era de la información y los datos “abiertos” estamos tragando tan entero

La cuenta de Twitter @Trump_Regrets está que explota esta semana. Fue creada el 22 de noviembre y ya tiene 63 mil seguidores y ha recogido 1104 trinos de votantes arrepentidos. Las palabras engaño, mentira y mentiroso se repiten una y otra vez. Y es que 2016 fue el año de mitos monumentales, que la gente creyó y votó, para después llorar a ríos. Por eso, no es coincidencia que en el momento el libro más vendido en Amazon sea “1984” de George Orwell. Las historias de distopias donde millones de ciudadanos viven alienados por la propaganda se vuelven a poner de moda. La pregunta es por qué en la era de la información y los datos “abiertos” estamos tragando tan entero.

Viejos mitos

La receta de decir mentiras es la misma, lo que ha cambiado es el medio. Esta semana leí en El Espectador que una de las tutelas contra la campaña del No compara la estrategia que utilizó el uribismo con los 11 principios de la propaganda de Joseph Goebbels. Poca innovación.

Es normal que los poderosos traten de vender sus tergiversaciones. Tal como lo hizo este domingo la consejera de la Casa Blanca y ex jefe de campaña de Trump, Kellyanne Conway, al negar una mentira grotesca frente al número de asistentes a la inauguración del nuevo Gobierno, diciendo que no era una falsedad sino “hechos alternativos”.

El engaño cala hasta en el más racional de los votantes, dice Hannah Arendt en “Lying in Politics” (1971):

“Las mentiras son (…) más plausibles, pues el mentiroso tiene la gran ventaja de saber de antemano lo que el público desea oír(…) mientras la realidad tiene el hábito desconcertante de enfrentarnos con lo inesperado”.

Sin embargo, ella es positiva en que la verdad siempre triunfa, lo que muestra que no vivió en la era digital.

“Bajo circunstancias normales (…) no importa cuán amplio sea el tejido de falsedad que un mentiroso con experiencia tenga para ofrecer, nunca será lo suficientemente basto, para cubrir la inmensidad de la factualidad”, dice Arendt.

Pero, ¿qué pasa con quienes hoy vivimos en la web?; ese lugar que incluye múltiples capas, varias de ellas invisibles para nosotros.

Lo nuevo

Eli Pariser en su libro de la “Burbuja de Filtros” evidencia cómo la tecnología, en cambio de ayudar, está poniendo vendas. La razón: como usuarios de la internet estamos metidos en burbujas construidas por los navegadores y Facebook que deciden qué información vemos y cuál no. Y, hay veces, nos esconde verdades.

Por ejemplo, durante las campaña del Brexit los miembros de “Vote Leave” usaron repetitivamente la afirmación de que la membresía a la Unión Europea costaba £ 350 millones a la semana. Esta cifra fue desvirtuada como “potencialmente engañosa” por la autoridad Estadística del Reino Unido y rebatida por el Instituto de Estudios Fiscales. Sin embargo muchas personas se la creyeron e inspiraron su voto en esta “verdad” ¿por qué?

El algoritmo de Facebook selecciona lo que nos muestra de acuerdo a lo que ya sabe que nos gusta. Por eso, si un ciudadano británico le había dado consecuentemente like y compartido historias pro Brexit, es muy probable que Le mostrará más lo que decían sus amigos anti-europeos y menos puntos de vista alternativos. Es así como muchos nunca se enteraron que esta cifra era mentira.

Un “bias” similar puede producirse en las búsquedas que hacemos en Google. Autenticados o no en Chrome, existen cookies que siguen nuestros pasos y patrones de comportamiento en internet. La información queda en bases de datos, que son vendidas y determinan nuestros resultados de búsqueda futuros.

La burbuja del “profit”

Así lo que uno ve en internet es hecho cada vez más a la medida de cada usuarios; de acuerdo a lo que ya leyó, compartió o compró y excluyendo sistemáticamente grandes partes del infinito mar de información que está afuera. Un pedazo de la realidad se vuelve simplemente invisible a los ojos, pero como no entendemos el algoritmo no sabemos cuál.

Aunque siempre han existido burbujas (en los años de la Violencia los liberales nunca leyeron el periódico de los conservadores, ni viceversa) lo llamativo de estos algoritmos es que el filtro nos impone como sujetos políticos se inspira en una visión de nosotros como consumidores. La segregación no es por ideología, sino por pautas de consumo (profit, profit, profit). ¿Qué diría Orwell sobre esto?