Hace poco leí en las redes a una persona con la siguiente máxima para votar: “escoja el peor y vote contra él”

Por Juan Camilo Cárdenas

Hace poco leí en las redes a una persona con la siguiente máxima para votar: “escoja el peor y vote contra él”. Al comprender como funciona nuestro cerebro podemos tratar de balancear la forma en que votamos no solo desde las emociones sino desde las consecuencias más profundas de los resultados electorales y de paso entender la dinámica ética de la campaña actual.

Carsten De Dreu, sicólogo de la Universidad de Amsterdam recientemente le aplicó oxitocina a un grupo de voluntarios que participó en un experimento en el que podían mentir para aumentar sus ganancias personales o las ganancias de su grupo. Para fortalecer el experimento, doblemente ciego, también aplicó un placebo a un grupo de control. La oxitocina es la hormona de la prosocialidad, asociada al amor filial y la atracción sexual, la confianza y el altruismo. Sin embargo la oxitocina también ha sido reportada como un neurotransmisor de otra dimensión del comportamiento humano: el miedo. La pregunta es si la oxitocina aumentaría o disminuiría el nivel de honestidad de los miembros de un grupo cuando la deshonestidad puede aumentar los beneficios de su grupo.

Ya que estamos en final de semestre, hágase un quiz a si mismo: ¿Tiene un cálculo aproximado del costo-beneficio para su bienestar o el de su familia o el de su vecindario de las implicaciones de cada una de las propuestas de educación, ambiente, salud, empleo, o infraestructura de Clara Lopez, Martha Lucía Ramirez, Oscar Ivan Zuluaga, Juan Manuel Santos o Enrique Peñalosa? Si es así, debería tener buenas pistas de por quién votar.

Tristemente creo que ese quiz no lo estamos haciendo la mayoría de colombianos como no lo hacen la mayoría de potenciales votantes antes de cada elección en el resto del mundo. Lo que hacemos es dejarnos fácilmente llevar por nuestro sistema límbico, que de paso también es de alguna manera otra forma de mirar el costo-beneficio (neurológico) de las acciones, a través de nuestras emociones.

Recurrir a las emociones para mover agendas políticas está en la esencia misma de la política y en las decisiones económicas que tomamos todos los días, y en esta campaña hemos sido testigos de una buena cuota –de pronto excesiva- de manipulación de las emociones para llegar al voto.

Las emociones mueven decisiones que a veces el cálculo racional no logra. No es el cálculo de voto pivotal, o el costo-beneficio de mi esfuerzo por la levantada y caminada al puesto de votación contra el beneficio que voy a obtener personalmente por que mi candidato salga elegido lo que me va a sacar de la casa ese domingo de las elecciones. Es más, si fuera por eso mucha gente no debería votar porque su voto no resolvería una elección. Pero la gente vota y en muchas ocasiones porque las emociones lo arrastran al puesto de votación.

Hoy las emociones en Colombia están más disparadas que nunca, pero hay dos en particular, el miedo y el odio, que están gobernando el proceso electoral reciente. Lo paradójico es que ellas tienen una dimensión perversa y una benévola.

El miedo nos puede bloquear en la acción para resolver problemas de acción colectiva, pero también nos dio una ventaja evolutiva para aprender a detectar los peligros. El odio nos lleva a asumir costos altísimos para dañar al otro, pero también nos dio un mecanismo para unirnos con quienes nos identificamos y manifestar también con costos igualmente altos nuestra solidaridad con nuestro grupo.

El miedo, cuya actividad ya ha sido claramente identificada en la amígdala del cerebro, parece estar asociado no solo a la oxitocina sino a uno de los hallazgos mas importantes de la economía del comportamiento: la aversión a la pérdida, desarrollado por Kahneman & Tversky. En la actual campaña éste ha sido protagonista. Miedo a que en las negociaciones de La Habana nos quiten la tierra o la así llamada “seguridad ciudadana”. Miedo a que nos quiten la libertad de expresión y el derecho al disenso o incluso miedo a que nos quiten la vida. Columnistas hablan en estos días del miedo como guía de su voto. Los hallazgos de este fenómeno parecen soportar la idea de que el miedo, ampliamente estudiado en el cerebro humano y muy similar en la mayoría de otros animales, está presente cuando se teme perder algo valioso, especialmente en condiciones de escasez. Ese miedo al parecer se exacerba aún más cuando se pasa de la incertidumbre a la ambigüedad, es decir cuando pasamos de saber las probabilidades de cada posible evento incierto a no conocer siquiera las probabilidades de los mismos.

Mientras tanto, el odio nos ha permitido fortalecer nuestras identidades y amor por el miembro de nuestro grupo y al mismo tiempo cultivar un rechazo intestinal a los del grupo con el que no nos identificamos. Edward Glaser lo articuló muy bien en su artículo del 2005: el odio surge de las historias de crímenes del grupo de afuera, pero más que desde la verdad, desde la repetición de esas historias que generan los políticos aprovechando que los electores escuchan pero no dedican esfuerzos por confirmarlas. El odio, sugiere Glaeser, se reduce cuando se hacen esfuerzos por descubrir la verdad de las historias. Sin embargo la oxitocina que liberamos cuando afianzamos esa identidad de grupo operará en contra de la recomendación de política de Glaeser. Efectivamente quienes recibieron la oxitocina, esa hormona de la afiliación con nuestro grupo, mostraron mayor deshonestidad para aumentar los beneficios del grupo. Es mas, el experimento permitió confirmar además que esa deshonestidad derivada de la oxitocina se orientó esencialmente al grupo, ni siquiera para el provecho personal.

Mientras las campañas recurran más a los mecanismos parroquiales de cohesión intra-grupo y odio hacia el otro grupo, mayor será la propensión a la deshonestidad y eso es lo que parece que está guiando la campaña entre algunos de los grupos protagonistas.

p.d. Ahora, si aun quiere tratar de mediar entre sus emociones y un ejercicio mas sereno de evaluación de las campañas, LaSillaVacía tiene una herramienta para ayudar un poco.