Añoro aquellas épocas cuando el buen periodismo exigía contrastar fuentes y un reportero serio sabía que la aproximación a la verdad obligaba a conocer las versiones de las diferentes partes involucradas en un hecho periodístico y, si era el caso, de terceros expertos.

Quiénes me conocen saben que no creo en teorías conspirativas, pero tampoco en meras casualidades.

Después de leer un sesudo artículo sobre la objetividad y la libertad de información en esta bella profesión del periodismo ?autoría de la comunicadora estratégica, abogada y poetisa barranquillera Carmen Peña Visbal? me di a la tarea de hacer una breve revisión de algunas noticias relacionadas con el Ejército Nacional que se publicaron en diferentes mass media colombianos después de la tormenta desatada por la nota del New York Times sobre las órdenes del comandante de dicha institución.

Seleccioné tres: una radial, otra de prensa digital y, la última, televisiva.

La primera que me encontré fue difundida inicialmente por RCN Radio y La FM con el título Altos índices de suicidio generan alerta en las Fuerzas Militares y luego replicada por otros medios. La fuente primaria es el senador Gustavo Petro, reconocido detractor del estamento castrense, quien, según el periodista Daniel Jerez,  “advirtió de 1.155 suicidios en las FF. MM. entre 2000 y 2016”.

Para el escucha y lector desprevenido, esta noticia da a entender que este problema de salud mental (el suicidio) pareciera exacerbarse en aquellos individuos que hacen parte de las instituciones armadas.  Hace ver que el servicio militar y la profesión de las armas constituyen per se un claro detonante de este.

Conviene señalar que la noticia fue extraída de la intervención del congresista de la Colombia Humana durante la fallida moción de censura que convocaron los partidos de izquierda en contra el ministro de Defensa. El periodista da credibilidad a las afirmaciones de Petro sin siquiera tomarse el tiempo y la molestia para consultar otras fuentes.

Eso sí, cita hábilmente las palabras del parlamentario que soportan el titular desmedido de su noticia. “Eso significa que por cada dos caídos en combate que tuvo el Ejército, uno se suicida. El suicidio ha sido más eficaz que las Farc en matar soldados en Colombia. Esto significa que es tres veces más alta la tasa de suicidio en las Fuerzas Militares que en el resto de la sociedad colombiana”, publica el periodista.

La grave afirmación contenida en la última oración de este párrafo no es contrastada adecuadamente por él. Es cierto que hace referencia taxativa a las causales del suicidio en las Fuerzas Militares que mencionó el ministro Botero ?las cuales, claro está, no acompaña de comillas?, pero pasa de agache el hecho de que ninguna está relacionada con las vivencias propias del quehacer militar.

La falacia acompaña la argumentación del senador. No es cierto que la tasa de suicidios en las Fuerzas Militares sea tres veces más alta que en el resto de la sociedad. Medicina Legal señala que en la última década (enero de 2008 a agosto de 2018) se registraron 21.587 suicidios en Colombia, de los cuales sólo 440 corresponden a integrantes de las Fuerzas Militares y de Policía. De hecho, en lo que Medicina Legal denomina grupo vulnerable, ni siquiera aparece el ítem militar o integrante de una fuerza armada.

Sin pretender minimizar la dimensión de esta problemática, una tasa de 40 suicidios anuales es ínfima en relación con los más de 400 mil hombres y mujeres de las Fuerzas Militares. De hecho, en términos porcentuales correspondería al 0,01 por ciento de los uniformados. Claro que preocupa, pero para nada corresponde a “altos índices”.

La segunda nota periodística fue publicada en el portal Las 2 Orillas. El periodista Juan Gabriel Parra-De Moya, autor de un híbrido entre crónica y noticia, para nada oculta su animadversión hacia las instituciones castrenses. El infierno del campo de entrenamiento del ejército colombiano en el Amazonas es el titular que utilizó.

El comunicador narra la que sería una experiencia amarga de dos soldados bachilleres, quienes, según la nota, hicieron parte en 2017 del curso de combate de Lancero del Ejército. Cuenta que los jóvenes, que a su vez son hermanos, participaron en un ejercicio de entrenamiento junto con otros soldados bachilleres como ellos, el cual consistía en hacerse pasar como guerrilleros del ELN y secuestrar y torturar durante varios días a unos 120 uniformados, entre oficiales y suboficiales, quienes adelantaban la fase de selva de este curso de combate.

Una situación similar habría tenido que vivir en 2018 un primo de esta pareja de hermanos, quien, según la nota, también terminó prestando servicio militar en la Escuela de Lanceros, Eslan, y fue enviado al Fuerte Amazonas. ¡Qué conveniente coincidencia!

Según el periodista, “la tortura y la humillación hacen parte del manual de formación” de la Eslan. Lo más curioso del escrito es que se quejan los perpetradores de la tortura y de los tratos humillantes y degradantes, pero ninguno de los 120 uniformados víctimas de los presuntos vejámenes ocurridos en 2017. ¡No les parece raro!

Para apoyar su historia, el reportero publica un par de vídeos en baja resolución, con audio deficiente y tomados al parecer  con un teléfono móvil  y a una distancia que no permite evidenciar los excesos que narra; también, una entrevista en video con uno de los muchachos que rueda por la red social YouTube.

Asimismo, en ninguna parte del relato da a entender que intentó contactar una voz autorizada del Ejército para corroborar lo escrito. Es decir, no contrastó fuentes, mínimo ético que exige el buen periodismo.

Ahora bien: En Colombia o en Cafarnaúm, el entrenamiento militar, en especial los cursos de combate, son exigentes en lo físico y en lo mental. Yo invitaría al periodista Parra-De Moya a mirar las crudas imágenes y fotografías de los soldados recientemente asesinados por el ELN en Arauca y Norte de Santander o a repasar los vídeos de los uniformados tomados como rehenes por las Farc en las selvas colombianas y que permanecieron cautivos por más de una década y responder una simple pregunta: ¿cómo los entrenaría si fuera su comandante?

¿Qué diría este comunicador si tuviese que presenciar un entrenamiento de los Navy Seals estadounidenses, los legionarios franceses ?en cuyo país se forjaron los cimientos de los derechos humanos?, los Spetsnaz rusos o los Kaibil guatemaltecos? Así esta frase anónima del pensamiento militar no les guste a muchos, cuando se abraza la carrera de las armas resulta claro “que el entrenamiento debe ser tan duro que la guerra parezca un descanso”.

La última nota que seleccioné salió en un reconocido noticiero de televisión de uno de los canales privados. En un intento por presentar un balance de los retos de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, se colocan en la misma balanza las causas judiciales contra integrantes de las Fuerzas Militares y los exmilitantes de las Farc. Como dice el refrán, “toda comparación es odiosa” y más si se pretende equiparar a una institución respetable con un movimiento alzado en armas.

Sin pretender tapar el sol con un dedo, el fenómeno criminal de los mal llamados “falsos positivos”, por más ignominioso que parezca, jamás podrá ser equiparado con la estela de graves crímenes de guerra y graves violaciones a los derechos perpetrados durante más de seis décadas por los miembros de las Farc.

Al igual que en el caso del suicidio, los oprobiosos homicidios en persona protegida ?como en derecho se califican los “falsos positivos”? comprometerían únicamente al 1, 4 por ciento de los elementos de las Fuerzas Militares si se tomará en cuenta la cifra de 5.626 personas investigadas por la Fiscalía por su participación en estos hechos ?calculados entre 3.000 y 5.000, sumando datos de investigaciones periodísticas, libros, reportes de Naciones Unidas y hasta reseñas del propio ente acusador?.

Pero, ¿por qué sucede esto? ¿Existe una estrategia mediática de la izquierda con el auspicio de propietarios de medios, editores y periodistas? ¿Los periodistas juegan sucio por intereses ideológicos personales? No lo creo. Por lo menos en la inmensa mayoría de colegas. Encontrar una explicación lógica y coherente sería motivo de largas reflexiones en una columna por entregas. Por lo pronto, retomaré los apartes finales del escrito de mi maestra Carmen Peña Visbal:

“(…) la libertad de información y la esperada objetividad son apabulladas por la conformidad de muchos para quienes parece ser suficiente lo que se dice en las redes sociales o se anuncia en medios radiales, digitales o televisivos, pero resulta increíblemente insuficiente para tener una visión contextualizada de la realidad o para fortalecer el oficio de informar, opinar o analizar.

 Como si esa libertad fuese utilizada para promover el silencio sobre lo que es clave… Lo cierto es, repito, que ante el millón de temas posibles y verdades aparentes apenas son seleccionados unos pocos para desarrollar en las salas de redacción. La verdad, entonces, es sacrificada día a día sin que nos demos cuenta”.

Es coronel retirado del ejército, donde ingresó en 1992. Estudió comunicación social y periodismo en la Universidad Central y una especialización en derecho internacional de conflictos armados en la Universidad Externado de Colombia.