Salomé y Daniel Stiven, los pequeños de 5 y 12 años que fallecieron como consecuencia del atentado terrorista en Arborizadora Alta −barrio de la localidad de Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá−, son hoy el símbolo de la falsa sensación de paz que se fraguó en el marco del perfumado Acuerdo Final entre el Gobierno Santos y las Farc.

Este luctuoso episodio hace parte de una cadena de acciones terroristas en los últimos tiempos que dan su real dimensión al acuerdo habanero. Una paz frágil, mentirosa y limitada, pero no únicamente por los incumplimientos del Gobierno Duque o la férrea oposición de partidos políticos como el Centro Democrático, sino por la falacia que se estructuró en rededor de esta.

Juan Manuel Santos convenció a todos de que la paz por fin había tocado las puertas de Colombia, al punto que, sin ton ni son, el país empezó a hablar de posconflicto, en vez de posacuerdo, que sería lo correcto. Claro que haber sacado de circulación a cerca de 10 mil combatientes de las Farc y haberlos puesto a hablar en la conversación política del país es un hecho trascendente, mas pocos entendieron que este movimiento armado apenas representaba una parte del espectro de nuestro conflicto armado interno.

Tras la firma del acuerdo en el Teatro Colón, Colombia pasó de tener tres Farc y no una sola, a saber: el partido político −obligado a renunciar a su histórico nombre por inconveniente− y dos disidencias −Nueva Marquetalia y la de Gentil Duarte−. Si a estas dos últimas estructuras armadas les agregamos un “shot” de ELN, otro de bandas y combos criminales y lo mezclamos con ese difuso, pero tenebroso concepto de Primera Línea, tenemos un verdadero coctel molotov.

El resultado no puede ser más lúgubre: asesinato sistemático de líderes y líderesas sociales, reclutamiento forzado de menores de edad, desplazamiento forzado, confinamiento de comunidades, asesinato de integrantes de la Fuerza Pública, feminicidios, ecocidios y el uso del terror como arma para infundir miedo y zozobra, entre otras aristas. Coyunturas en las que toda la responsabilidad de lo sucedido recaerá necesariamente en el Estado y en el Gobierno, incrementando sus índices de desprestigio.

Ahora bien, conviene preguntarse quién o quiénes sacan provecho de este tipo de circunstancias en medio de la contienda electoral de cara a ocupar el solio en la Casa de Nariño. Bien pueden ser aquellos que pregonan la paz a como dé lugar y “cueste lo que cueste” o los llamados “guerreristas” que le apuntan a políticas de mano dura para enfrentar la criminalidad y mejorar las condiciones de seguridad ciudadana. ¿Fue el ELN? ¿Están involucradas las disidencias? ¿Tendrán que ver los espías rusos y las primeras líneas, presunta alianza que denunció la unidad investigativa de El Tiempo? Cada uno saque las conclusiones que a bien tenga en estos aciagos días de la patria.

Los colombianos −autoridades y particulares− debemos entender que la paz es un constructo que exige el compromiso integral de todos y cada uno de los seres humanos que habitamos Colombia. Implica necesarios actos de perdón y conlleva un amplio catálogo de garantías de no repetición para con las víctimas. Claro está, una paz sin concesiones exageradas y desbalanceadas del Estado que favorezcan a los victimarios o promuevan acciones de justicia y de verdad selectivas, sesgadas y parcializadas, como ocurre en nuestro ahora.

La paz es un propósito, pero también un concepto polivalente. Es un valor, un principio y un significado para el conjunto social. Es un estado ideal de la coexistencia, amparado por leyes nacionales e internacionales, que a la vez es un derecho fundamental y subjetivo y un bien colectivo. Si la guerra se entiende como la ausencia de la paz, esta a su vez debe ser interpretada como la ausencia total de violencias y conflictividades. De ahí que Colombia esté lejos de probar este maná y por nuestra tierra corran ríos de leche y miel.

En el entre tanto de nuestra cruda cotidianeidad, Salomé y Daniel Stiven, ese par de angelitos que hoy nos miran desde el cielo, se erigen cual símbolos de una paz reducida y cualificada en grado superlativo por mezquinos intereses políticos o lo que he llamado reiteradamente como el espejismo de la paz de Santos. Seguramente ellos abogarán ante el Todopoderoso para que el artículo 22 de nuestra Constitución Nacional dejé de ser letra muerta y un anhelo inalcanzable.

Es coronel retirado del ejército, donde ingresó en 1992. Estudió comunicación social y periodismo en la Universidad Central y una especialización en derecho internacional de conflictos armados en la Universidad Externado de Colombia.