El viaje de la vicepresidenta Francia Márquez a África, acompañada de una importante delegación de 60 personas, ha generado múltiples polémicas en el país. Aquellos que critican la iniciativa han denunciado los gastos innecesarios que ha implicado en un momento en el que se debería priorizar la austeridad.

En cambio, quienes defienden el viaje han resaltado la importancia geoestratégica de fortalecer las relaciones diplomáticas, prácticamente inexistentes hasta ahora, con algunos países del continente africano. Argumentan que los beneficios estratégicos serán evidentes y de diversas índoles.

Por un lado, las futuras colaboraciones políticas y culturales entre Colombia y los países africanos podrán servir como plataformas para construir alianzas y esfuerzos comunes en torno a temas globales de interés mutuo, como el cambio climático, la seguridad, la migración y los derechos humanos.

Por otro lado, la visita será beneficiosa para el desarrollo económico del país: no solo gracias a la apertura de nuevos vínculos comerciales entre Colombia y los países africanos, sino también a través de la promoción de inversiones en Colombia.

Estos argumentos me parecen convincentes, pero no es mi intención discutirlos en detalle (de hecho, tampoco soy competente para hacerlo). Me gustaría, más bien, resaltar la importancia de este viaje desde el punto de vista doméstico, como una invitación al país a reflexionar sobre la forma en que se percibe a sí mismo.

En mi opinión, se trata de un viaje histórico ya que rompe por primera vez la lógica impuesta por la trata esclavista, según la cual la llegada a América implicaba, para los esclavizados, una ruptura radical con África y una negación completa de todos los elementos sociales y culturales asociados a sus naciones de origen.

Esta violencia radical de la trata esclavista en América ha perdurado incluso después de su abolición. Durante siglos, y prácticamente hasta el día de hoy, los descendientes de las personas esclavizadas han enfrentado una historia de despojo cultural en la cual se les ha negado sistemáticamente su conexión africana.

El discurso del “mestizaje”, que ha sido predominante en la construcción de la identidad nacional, ha sido paradójico en este aspecto. En algunas versiones se ha presentado como un discurso generoso que muestra a Colombia como el resultado feliz de la confluencia armoniosa de tres grupos poblacionales: europeos, americanos y africanos.

Sin embargo, en la práctica, la ideología del “mestizaje” no ha podido ocultar la realidad violenta de un país fundado en la esclavización de las poblaciones de origen africano y en la destrucción de las sociedades indígenas.

De hecho, la violencia contra lo indígena y lo afrocolombiano ha persistido en el período republicano, cuando la ideología del mestizaje ha servido para legitimar prácticas de eliminación, ya sea física o cultural, en nombre de un horizonte civilizatorio de “blanqueamiento”.

Incluso el reconocimiento formal en la Constitución de 1991 del carácter multicultural y pluriétnico de la nación no ha logrado romper por completo con estas lógicas destructivas del colonialismo de asentamiento.

En este sentido, el viaje al continente africano de una delegación colombiana liderada por una vicepresidenta afrodescendiente tiene un valor simbólico y político enorme para ayudar a la nación a repensar la centralidad – denegada – de su relación a África.

La diplomacia no es no es solo una tarea externa – para posicionar a Colombia como una nación importante en el ámbito internacional – sino también una tarea interna para ayudar los colombianos a desafiar la narrativa dominante del mestizaje y a romper definitivamente con la lógica de borrado cultural y negación de la conexión africana.

Este viaje constituirá, indudablemente, un paso importante no solo para el reconocimiento de las raíces africanas y la herencia cultural de las poblaciones afrocolombianas, sino también para fomentar la reflexión y el diálogo sobre la violencia histórica y las desigualdades resultantes.

Repensar y redefinir la relación de Colombia con África y su diversidad cultural interna nos permitirá avanzar en el verdadero sentido de la Constitución del 1991. Esperemos que este viaje sea el impulsor de políticas y acciones concretas que promuevan la inclusión, la igualdad y el reconocimiento de los derechos de las comunidades afrocolombianas y de todos los grupos étnicos presentes en el país.

Es profesor de antropología en la Universidad del Rosario. Se doctoró en ciencias sociales en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de Paris Sus áreas de intéres se inscriben en el marco de una antropología histórica del colonialismo y las relaciones raciales.