En los últimos años, varios proyectos de investigación que pretendían recuperar las voces de grupos racializados e históricamente marginados – como aquellos que sufrieron la esclavización – han sido criticados.

Uno de los principales reproches se relacionaba con su supuesta “visión militante”, la cual tendría inevitablemente consecuencias negativas sobre su calidad científica. Quisiera, en este texto, discutir brevemente ambas ideas.

En primer lugar, me parece importante reconocer que la mayoría de los proyectos históricos centrados en las experiencias de las personas racializadas tienen, efectivamente, una dimensión política asumida.

De hecho, muchos de ellos se reconocen en el lema “las vidas negras e indígenas importan”. Pero, quisiera enfatizar que, contrario a una idea prevalente en algunos círculos académicos, esta dimensión política no es exclusiva de estos proyectos.

En realidad, todas las investigaciones históricas tienen – implícita o explícitamente – una dimensión política, ya que proponen representaciones siempre parciales del pasado, orientadas por preguntas específicas.

En cualquier trabajo de investigación se seleccionan y presentan ciertos eventos y actores históricos, mientras que otros se omiten o minimizan. No obstante, esta dimensión política no siempre se identifica como tal en todos los casos.

Así, el hecho de que un trabajo sea considerado – o no – como “político” tiene menos que ver con sus características intrínsecas y más con un proceso de “etiquetamiento”.

Por ejemplo, los investigadores que intentan incluir de manera más destacada a los grupos racializados en sus narrativas históricas no tienen una visión fundamentalmente más “politizada” de la historia que otros investigadores (ya que, después de todo, el hecho de incluir o excluir a las minorías raciales de las narrativas históricas son decisiones igualmente políticas).

Pero, indudablemente, sus escritos son más propensos a ser identificados – y, a menudo, estigmatizados – como “políticos”.

Para aclarar mi idea, me gustaría hacer una comparación utilizando un libro de sociología: “La Reproducción” de Pierre Bourdieu, publicado en 1970. Uno de los principales aportes del texto fue mostrar cómo la perpetuación de la desigualdad en la sociedad no era simplemente el resultado de un proceso espontáneo, algo que se daba naturalmente, sino que implicaba un trabajo colectivo y estructurado por parte de aquellos que tenían acceso al poder y los recursos.

En este sentido, el libro nos ayudó a entender que no solo se requieren formas de movilización política para transformar el orden social, sino también para conservarlo. La diferencia es que, en el primer caso, la dimensión política siempre es obvia para todos; mientras que, en el segundo caso, esta dimensión tiende a permanecer invisible, bajo una lógica de “normalización” o “naturalización”.

Ahora bien, podríamos decir que, mutatis mutandis, la misma lógica tiende a operar en la disciplina histórica. Algunos escritos parecen tener una dimensión política obvia para todos, mientras que otros se consideran “apolíticos” (o “puramente académicos”).

Un ejemplo claro del primer caso es el de las historiadoras de los años 1970 que introdujeron problemáticas de género en su disciplina, pero que inicialmente fueron estigmatizadas como militantes sin rigor académico.

Hoy en día, los investigadores que pertenecen a minorías étnico-raciales y que enfatizan la cuestión del racismo y las discriminaciones en el estudio del pasado también sufren a menudo de una deslegitimación como “activistas”.

En contraste, los investigadores que adhieren a una lógica de “reproducción” de la historiografía tradicional no parecen tener una agenda política particular. Mi punto es que, en realidad, tanto unos como otros están “posicionados” (en el sentido de que sus escritos tienen sesgos y reflejan ideas situadas): la diferencia, para decirlo de manera simplicada, es que algunos son “activistas” del cambio y otros, de la reproducción.

El segundo punto que me gustaría abordar se relaciona con la idea de que los trabajos impulsados por una visión política explícita serían necesariamente de menor calidad académica que los que se consideran más distanciados.

Cuando se utilizan términos como “comprometida” o “militante” para describir una investigación, a menudo se busca desacreditarla, sugiriendo que dará prioridad a los intereses de una causa sobre las exigencias de la producción de conocimiento.

Ahora bien, sería un error negar la existencia de diversas formas de instrumentalización política en la investigación social e histórica. Hay muchos ejemplos de investigadores que han realizado trabajos empíricos o teóricos deficientes porque los han sometido a sus tesis políticas preconcebidas.

Pero me parece igualmente absurdo pensar que toda concepción “comprometida” de la investigación termine siendo una instrumentalización. Es indudable que nuestras disciplinas han sido enriquecidas gracias a los trabajos de investigadores políticamente comprometidos.

Como ya he mencionado, este fue el caso de los estudios de género en los años 70 y también lo es hoy en día en la historia de la esclavización: así, varias de las autoras que, en los últimos años, han logrado renovar nuestras maneras de entender la historia de la trata rechazan radicalmente la idea de una academia desapasionada y alejada, tanto en sus procesos de investigación como en sus modos de escritura.

Marisa Fuentes y Saidiya Hartman, por ejemplo, han desarrollado aproximaciones empírica y teóricamente sofisticadas que enfatizan la necesidad de romper radicalmente con la violencia distante y fría que caracteriza muchas de las fuentes históricas disponibles para estudiar la esclavización, como los certificados de compraventa o los inventarios.

Al desafiar la imagen de los académicos “objetivos” y “emocionalmente distanciados” como modelos de la “ciencia verdadera”, estas autoras reivindican, como mujeres afrodescendientes, el hecho de tener vínculos afectivos y políticos fuertes con la historia que intentan reconstruir.

De este modo, estas autoras han asumido completamente la necesidad de remplazar, en las ciencias sociales, el ideal de objetividad por el de reflexividad: han demostrado que, en determinadas circunstancias, los lazos emocionales con su objeto de estudio – atravesados, en particular, por la cuestión del dolor – podían transformarse en motores potentes para la construcción del conocimiento (en lugar de ser obstáculos, como lo sugiere la tradición positivista).

Han dejado claro que, en el caso particular de las historias de la esclavización, la sensibilidad y la empatía con el sufrimiento eran precisamente lo que les había permitido desarrollar perspectivas nuevas, construir mejores relatos y proponer reflexiones más profundas.

En este sentido, lo conmovedor que son sus textos – escritos por personas que se dejan afectar por las historias que cuentan – no le quita nada a su nivel de seriedad y de sofisticación.

Podemos retomar, en este respecto, algunas ideas propuestas por Noémie Ndiaye sobre la tensión entre dos sentidos de la palabra “evidencia”. Por un lado, están las “evidencias” en el sentido de las pruebas escritas disponibles a partir de las cuales los investigadores están acostumbrados a escribir sobre el pasado.

Por otro lado, está la “evidencia” – en el sentido de algo obvio – de lo problemáticas que son estas mismas “evidencias” – producidas casi-exclusivamente por los esclavistas – para escribir una historia sensible de la esclavización: es nuestro deber romper con la lógica de archivos que, en este caso, no son solamente el reflejo de las violencias pasadas, sino que constituyen una violencia en sí misma.

Para concluir este texto, me gustaría reiterar su argumento principal: si bien el compromiso político o emocional con el objeto de estudio no garantiza automáticamente la calidad académica de una investigación (como lo expresa un dicho, “el camino del infierno está pavimentado con buenas intenciones”), la distancia fría es probablemente aún peor.

El problema no es tener compromisos políticos o emocionales, ya que todos los tenemos, sino no reconocerlos ni reflexionar sobre sus consecuencias para la construcción del conocimiento.

Les invitamos a visitar la exposición “Retratos imaginados – Vidas afrodescendientes en el pasado rosarista” en el teatrino de la Universidad.

Curaduría: Bastien Bosa, Diana Carolina Angulo, Ingrid Frederick

Proyecto de Investigación “La esclavización (y otras formas de opresión racial) en la historia de la Universidad del Rosario: procesos archivísticos y memoriales”.

Museo de la Universidad del Rosario (Muro)

El proyecto ha sido financiado por la Dirección de Investigación e Innovación y el Archivo Histórico de la Universidad del Rosario.

En el año 2022, la Universidad del Rosario fue la primera Universidad latinoamericana en asociarse al Universities Studying Slavery (Universidades que estudian la esclavitud), un consorcio auspiciado por la University of Virginia.

Es profesor de antropología en la Universidad del Rosario. Se doctoró en ciencias sociales en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de Paris Sus áreas de intéres se inscriben en el marco de una antropología histórica del colonialismo y las relaciones raciales.