Ana María Salazar con sus mascotas rescatadas, Mona y Phoebe.

A Ana María Salazar le enseñaron en el colegio que debía ser una “niña Marymount”. Esto es: una niña bien portada, católica, de su casa, discreta, mejor si calladita, mejor si arregladita, sin mucha educación sexual o política. Con más rechazo que información sobre las drogas, las uñas sin pintar y los valores oficiales bien claros de un colegio de la élite bogotana: fe, honestidad y servicio.

A Ana María Salazar le frustró por varios años no poder ser del todo una “niña Marymount”. No practicaba la religión en casa ni era reconocida como alumna modelo, de esas que lideran actividades extra curriculares y sellan lazos con el resto de la comunidad del colegio, y hasta perdió sexto grado. Por rebelde.

Ana María Salazar — 28 años, animalista, filósofa de la Universidad de los Andes— no es para nada una “niña Marymount”.

La razón es que aquella formación secundaria contrastó siempre con la libertad que, al tiempo, le brindaron en la casa su mamá, Marcela Baraya, comunicadora y animalista, y su papá, Juan Camilo Salazar, administrador y empresario; que les armaron a ella y a su hermano menor Martín un hogar laico, sin temas vedados, en el que la autonomía para decidir era una máxima.

Por esa vía, y también por varias amigas, claro, entendió por ejemplo que la diversidad sexual no tiene por qué ameritar ningún castigo o ser tabú, que a las toallas higiénicas no hay que decirles “galletas” por vergüenza y que consumir drogas informadamente es una posibilidad responsable. Es decir, lo contrario a lo que oía en los salones en los que cursó el bachillerato.

En la universidad conoció el resto: el pensamiento crítico. El feminismo. Y a Francia Márquez:

Su voto a la Presidencia, que no es el primero que decide, pero sí el único que, hasta ahora, la conmueve hasta las ganas de llorar, y la ha hecho mirar de manera consciente todo aquello que la formó y, bien o mal, la hizo ser quien es hoy.

“Mirar mi lugar de enunciación de joven blanca bogotana”, dice esta profesional de habla dulce y tímida, con tendencia por ratos a ser nerviosa, que con cierta pena cuenta —como si uno no fuera hijo de circunstancias que no decide— que ella y sus compañeras se vinieron a enterar de que en Colombia existía conflicto armado en grado 11. Cuando vieron una materia que se llamaba Historia de Colombia o algo así. “Recuerdo que todo el mundo quedó muy impresionado y muy fascinado”.

Del poderoso símbolo de la reivindicación de los excluidos que es Márquez, víctima justamente de la guerra, se enteró también en una clase. Pero ya estando en Los Andes. Dos de sus profesoras más admiradas, Laura Quintana y Andrea Lehner, invitaron a conversar a la lideresa social. Filosofía para reimaginar el mundo, se llamó la charla que fue por zoom.

Ana María, que no tenía otro plan ese día de pandemia a las 6 de la tarde, vio y escuchó a Francia Márquez, ataviada con un turbante africano de colores, explicar que en Colombia se estableció un proyecto de desarrollo de Nación “blanqueado”, que excluyó a los negros, a los indígenas, a los campesinos y a las mujeres. Que la tierra es nuestra “casa grande”, en donde todo debería girar en torno a toda vida existente y no al mercado. Que hay mujeres en lo rural, pero también en lo urbano, tejiendo, pensándose y resignificando la vida y su memoria histórica de resistencia.

Y se enamoró.

Conoció a una de sus heroínas.

Una que le hablaba, como en efecto habla esa candidata, con toda solidez y belleza triste de la tragedia de un país periférico que le había sido ajeno; y al tiempo de la importancia de la vida y de poner en el centro la naturaleza y todas las formas de la existencia. Este último, un asunto del mayor interés de Ana María, que actualmente está terminando su tesis de maestría sobre el papel que tienen en la filosofía los animales, la pasión por la que quizás más le brillan los ojos.

Una heroína que, además, termina en a, es mujer. Con cuya visión feminista asegura coincidir la filósofa: “Yo no me identifico con el feminismo radical, por eso me gusta ver cómo la noción de Francia al respecto también choca con algunas ideas fijas, ella habla siempre de lo común, no de apartar a los hombres, sino de trabajar con ellos, y no sólo con ellos sino con todas las especies”.

En resumen, que pudo verse en un reflejo aparentemente opuesto al suyo. Uno en el que se están pudiendo mirar también otras mujeres como Ana María Salazar —bogotanas, educadas, feministas,con inquietud de país—, que en elecciones tal vez podrían representar una buena parte de la votación de Márquez.

Tras oírla en aquella charla, Ana empezó a buscar más datos sobre la lideresa. “Me empezó a resonar increíble todo lo que dijo, y mi burbuja twittera me hizo creer que estaba súper fuerte como candidata, pero cuando le pregunté a mi papá si la conocía él no tenía ni idea”. Aún así, al poco tiempo decidió que iría por ella en las urnas.

En las conversaciones para esta historia, Ana María expresa con frecuencia su temor de que el anuncio de su voto pueda llegar a ser visto como un gesto de exotismo.

Dice que quiere ser respetuosa. Su realidad es que conoce más Europa que las regiones de Colombia, pero en los discursos y posiciones de Márquez ha encontrado además varias de las preocupaciones que la rondan desde que empezó a afinar su criterio político en la universidad:

“Desde quizás mi ingenuidad, diría que me preocupan la distribución de la riqueza, el modelo económico, y ese es precisamente el cambio de fondo que propone Francia. Yo la escucho y siento que habla mi lenguaje, me siento en deuda con ella y también siento que el país excluido que ella representa me motiva”.

Es una emoción similar a la que vivió los días convulsos, y al tiempo esperanzadores, del paro nacional, cuando por primera vez vio pasar por su casa al norte de Bogotá una manifestación, en la que participó a punta de cacerola desde la ventana, pues las multitudes a veces le disparan los nervios y la migraña.

Antes de conocer a Márquez, la emocionaba como candidato su exrector Alejandro Gaviria. Pero menos y más racionalmente: “Él habla divino, su discurso el día de los grados fue precioso, pero no me dice lo que me dice Francia”.

Tampoco se lo dice Gustavo Petro, el aspirante fuerte al cual Márquez le disputa en primarias la candidatura de la izquierda reunida en el llamado Pacto Histórico. Sobre él, Ana María dice que, aunque tiene propuestas y conceptos similares a los de Francia, le parece que ha sido incoherente al juntarse con los políticos de siempre, que ha demostrado que su feminismo “es ficticio”. Y que por eso no le votaría en primera vuelta si —como ya está cantado— queda de candidato.

Hace cuatro años sí lo hizo. Aunque sin muchas ganas.

Fue un pesar electoral que más de uno encontrará conocido:

La escena es del 17 de junio de 2018, cuando se abrieron las urnas de la segunda vuelta presidencial en Colombia, y Ana María y su papá salieron juntos de casa para ir a votar.

Todavía no era mediodía cuando llegaron al puesto de votación de la Universidad El Bosque, en donde están inscritos, y ambos empezaron a buscar su respectiva mesa.

Iban relajados, pero sin conversar mucho. Iban solos porque la mamá estaba de viaje y el hermano era aún menor de edad. Iban con planes de almorzar después de salir de allí.

E iban cada uno con su propia resignación.

Porque ninguno de los dos votaría a favor de su candidato preferido, sino, más bien, en contra del candidato que les generaba rechazo.

Para rematar, no se trataba del mismo: Ana María iba por Petro y Juan Camilo por su opositor: la carta de la derecha uribista, Iván Duque. O, más bien: Ana María iba en contra de lo que representaba Duque y Juan Camilo ídem en el caso de Petro.

Sus votos a favor, con gusto, habían sido en primera vuelta: por el profesor Sergio Fajardo y por el exvicepresidente Germán Vargas Lleras, respectivamente.

El llamado voto útil y los contrastes electorales familiares, en este caso tramitados desde el cariño entre el padre y la hija que, luego de votar, efectivamente se fueron a comer juntos en tranquilidad y, sin planearlo de forma explícita, prefirieron no comentar sus duelos políticos de la jornada.

(Ya para esa elección habían tenido conato de debate, cuando Juan Camilo le dijo a Ana María que si ganaba Petro la familia se podía quedar eventualmente sin con qué pagarle la universidad, y ella le contestó que, si eso sucedía, a lo mejor no iba a importar porque las universidades quizás se volverían gratuitas).

Esta vez, ella no está dispuesta a repetir la historia de dar apoyo sin gusto. A Senado, por ejemplo, también votará feliz por Andrea Padilla, la candidata animalista de la coalición verde esperanza.

Si su candidata presidencial no gana la consulta, posiblemente se devolvería hacia el centro, hacia su exrector Gaviria, si es que este queda de candidato en la coalición centrista. En ese voto ahora sí coincidiría con el papá.

Toda esta reflexión política, que no suele hacerse conscientemente Ana María —al menos, no con frecuencia, el tema no la apasiona— pasa estos días por ratos de mucha indignación e incomodidad y algunas noches de insomnio.

La razón es el escándalo que recientemente estalló tras las denuncias que varias exalumnas del colegio Marymount hicieron contra el profesor de educación física Mauricio Zambrano (sobre quien la Fiscalía ya anunció una investigación) por presunto abuso sexual.

Ana María no hace parte del grupo de víctimas, pero conoce a varias, recibió clases de ese docente y, aunque a diferencia de algunas de sus excompañeras ha logrado dormir sin sufrir pesadillas, no se ha podido sacar el tema de la cabeza.

Sobre todo, asegura, es la rabia de ir hacia atrás siendo la mujer que es ahora y recordar con tristeza “la precaria educación sexual y en muchos otros sentidos” que les dieron a ella y a sus amigas. “Pensar que estuvimos minimizadas en lo que vivíamos y recibiendo tantas ideas erradas todo el tiempo, se me revuelve todo”.

Y, al tiempo, la esperanza: “Eso hace parte de lo que hay que cambiar, lo contrario de lo que enuncia Francia”.

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Fue periodista de historias de Bogotá, editora de La Silla Caribe, editora general, editora de investigaciones y editora de crónicas. Es cartagenera y una apasionada del oficio, especialmente de la crónica y las historias sobre el poder regional. He pasado por medios como El Universal, El Tiempo,...