Voto

La única referencia buena que tenía del ejercicio de la política electoral, a la que llama siempre “eso de la politiquería”, es cuando de niño vio que su colegio público de techo de palma y goteras cada vez que llovía fue reparado. Eso sucedió justo tras la llegada de un nuevo alcalde. 

“Me acuerdo que nos pusieron hasta piso de cemento, porque ese era un colegio de arena. Del resto, lo que veía era que en elecciones en el pueblo repartían tamales, pagaban el voto, pero seguíamos siendo pobres. Ahí es donde yo decía: ¿para qué vota la gente?”.

Se llama Carlos Arturo Vásquez González, es aseador de pisos y piscinas, trabaja desde los nueve años, va a cumplir 25, pero habla como si hubiera vivido ya 50.

Pasó su infancia así, entre privaciones y uno que otro rayo de luz que muy de vez en cuando iluminaba, en el corregimiento de La Loma. Ese es uno de los pueblos del llamado corredor del carbón del Cesar, reconocido por ser sede hace 30 años de la explotación minera de la empresa gringa Drummond.

Con una mamá ama de casa que intentaba criar cinco hijos y un papá cuidador de fincas que en un tiempo tuvo a la familia deambulando de monte en monte, la vida consistía entonces en subsistir. No había muchas razones para pensar que un candidato a algo pudiera traer un cambio y nunca nadie le probó lo contrario.

Siendo ya estudiante de bachillerato, le producía apatía incluso participar en las elecciones a personero. “Nada de eso lo vas a cumplir nunca”, le decía a cualquiera que viniera con promesas.

Eso, hasta este año. Hasta hace un mes. Hasta el día que, revisando su Facebook, que es la red social que más usa, Carlos Vásquez se topó con un video del candidato presidencial Rodolfo Hernández, escuchó que éste hablaba de la importancia de la educación para cambiar vidas y enseguida quedó prendado con “el ingeniero”, como le comenzó a decir desde entonces.

“Era una entrevista, no me acuerdo de qué canal, yo me quedé impactado, no sólo por lo que dijo, sino además porque ese señor me pareció frentero, como quien dice no tiene pelos en la lengua y dice las cosas como son; recuerdo que dijo que él construyó casas y se las dio a los pobres y que si mejoramos la educación, mejora la calidad de vida”.

Ahora, este muchacho de kilómetros de existencia cuenta que se apresta a ejercer por primera vez su derecho al voto a presidencia: “A conciencia, por primera vez voto y voy con el ingeniero así me ahogue”. Y eso en parte quizás es porque a él le mejoró algo la vida justo en el momento en que se le presentó la oportunidad de seguir estudiando.

Por supuesto con sus particularidades, las emociones electorales de Carlos ayudan a entender la fuerza que tiene al empresario y ex alcalde de Bucaramanga en el tercer lugar de las encuestas, por encima del candidato de centro, Sergio Fajardo, que le lleva años de ventaja en lo público.

Esas emociones encuentran origen en el niño al que a los nueve le tocaba levantarse todos los días a las cuatro de la mañana a moler el maíz y a atender la vitrina de fritos del negocio de una tía, que vendía comida a “los drumeros” (como les dicen a los mineros de la Drummond), y que a cambio de eso le daba plata para la merienda y los uniformes.

Casi siempre corriendo, después ese niño salía a las seis para el colegio por tantos años destartalado y regresaba en la tarde a hacer tareas y a seguir el trabajo de atender mineros con hambre. Era un mundo en el que había poco tiempo para jugar.

Cuando terminó la primaria, el padre capataz de haciendas le dijo al niño y a su mamá que lo mejor para él era no buscar cupo en el colegio de bachillerato, sino ponerse a trabajar de una vez en alguna finca, que de cualquier manera era el destino que le esperaba a todos los hijos del hogar.

“Él tomaba y nos pegaba mucho a mis hermanos y a mí, mi mamá sufrió mucho, ellos luego se separaron; él decía que para qué iba a seguir estudiando, que eso no tenía sentido”, relata Carlos, que en esa época comenzó a andar con un grupo de muchachitos, famosos en el pueblo porque a veces se metían a las tiendas a robar chucherías y otros productos. No pasaban de los 12. Les decían “los 97” porque todos eran nacidos en ese año.

Por problemas de plata, la tía del negocio de comidas había “despedido” al pequeño ayudante, que con toda urgencia se enganchó enseguida con otra señora que se ganaba el sustento prestando servicios a los trabajadores de la multinacional. Así como lo hace prácticamente toda La Loma y su municipio, llamado El Paso.

La nueva patrona era una amiga de la mamá de Carlos, tan cercana que él también le llamaba tía. Ella lavaba ropa a los drumeros en el día, e iba con el niño, y otros dos chicos más, a repartirla a las instalaciones de la compañía por las noches. A cambio, les pagaba a sus asistentes 10 mil pesos los fines de semana y a veces les compraba algo de ropa.

Hasta que una noche otro rayo de luz, de esos que de vez en cuando han aparecido en el camino de Carlos, salió iluminando. Y de qué manera.

Fue una buena noche. La noche en que el vigilante Fredy Navarro tomó turno en la garita de la Drummond por la que pasaban la lavandera y los niños. El señor había nacido al otro lado de la región, en el pueblo montemariano de San Jacinto, tenía residencia permanente en Barranquilla, pero cumplía ya 15 años viajando a trabajar por turnos en la mina.

De tanto verlos pasar, Navarro estableció una relación amistosa con los chicos. Al principio, les pedía que fueran a comprarle papeletas de café a la tienda para él preparar el tinto de su trasnocho. A cambio, les regalaba la merienda que le daban en la empresa: una manzana, una gaseosa y una galleta.

Con los días, el hombre le fue tomando un cariño paternal a Carlos, tan desamparado, acaso porque en el hogar barranquillero sentía el hueco del hijo que no había logrado —y nunca logró— concebir con la señora María, la esposa que lo esperaba en casa. El niño tenía 11 años y también se fue apegando a aquel señor amable con el que se ponía a hablar de canarios.

Como a los ocho meses, Fredy se atrevió a pedirles a Martín y a Petrona, los papás de Carlos, que le permitieran llevarse al muchacho a Barranquilla para ponerlo en el colegio y terminar de criarlo junto a su esposa.

Martín, que al principio se negó e insistía en que su hijo buscara trabajo de jornalero en una finca, terminó cediendo, y así fue como a Carlos Vásquez le fue dada una segunda oportunidad.

“¿Si me entiende?, yo oigo hablar al ingeniero de que a todos esos niños, que son como era yo, hay es que ponerlos a estudiar y a mí eso me emociona; si yo no me hubiera encontrado a estos dos señores, que me pusieron a estudiar, que mejor dicho me salvaron, porque, como iba, yo creo que yo no sería finquero, sino que estaría muerto, no sé qué habría pasado”.

Desde la terraza de la modesta vivienda que su papá adoptivo construyó poco a poco en varios años de trabajo, en el populoso barrio La Cordialidad al suroccidente de Barranquilla, Carlos señala la sala en la que se encuentran viendo televisión Fredy y María: “Gracias a ellos no sólo me salvé, también dejé de andar por ahí mojoso (sucio)”, y sonríe.

Y continúa explicando que su convencimiento por Hernández se fue fortaleciendo luego en la medida en que veía más videos de él en Facebook, y que además ese apoyo tiene todo que ver con que el tono fuerte que usa el candidato le genera confianza.

“Él cuenta que el ELN le asesinó a la hija y que a él le tocó amarrarse los pantalones para que no fueran por él, por eso yo le creo cuando dice que va a sacar, como dice él, a todos los zánganos que no hacen nada y que se roban la plata. Él dice: ‘A mí me hicieron rico los pobres y por eso yo ahora voy a ayudarlos’, y eso fue lo que hizo cuando estuvo en Bucaramanga. A mí la verdad eso de la politiquería siempre me había causado como un rechazo, pero primera vez que veo un candidato al que me gustaría conocer, porque me transmite sinceridad”.

La última decepción de Carlos con “eso de la politiquería” fue en las elecciones a Congreso de 2018, cuando una mochilera (compradora de votos) llegó a su cuadra a ofrecer cien mil pesos por voto. Como había sucedido siempre, él no tenía ningún interés en el proceso ni conocía quiénes eran los candidatos. Incluso, ahora no precisa bien de qué campaña llegó la propuesta.

“Me parece que era de la de uno de esos Char, porque recuerdo que esa misma señora pasó el año pasado recogiendo firmas para el señor Álex Char”, apunta el muchacho.

Como sea, Carlos dice que enseguida le respondió que él no le vendía su conciencia a ningún político por cien mil pesos ni por nada: “Me acuerdo que yo me le reí, le dije: ‘Te aseguro que cuando ese señor llegue se olvida hasta de tu nombre, así ha sido siempre’. La novia mía dijo que ella sí lo vendía”.

De ese desinterés que raya en el desprecio por la política (y que de alguna manera se puede notar en que nunca le nació participar en el Paro Nacional), Carlos Vásquez pasó a referirse con propiedad hasta de los cuestionamientos a Rodolfo Hernández:

“Mire, ese señor tenía más de 200 casos abiertos. No, eran 168, ó 132, creo que eran. Sí, sí, 132. Después eso le bajaron como a 78, a 38, y así todo se lo han ido cerrando por falta de evidencia. Hoy tiene un caso abierto, y escuché que han hecho tres audiencias y en la última el fiscal dijo ‘aplacemos la audiencia porque no tengo evidencias’. En cuanto a lo de que le pegó a un tipo, él sí le pegó una cachetada, pero porque el tipo como que lo estaba difamando. Eso es lo que yo he oído”.

Es un entusiasmo sobre el que uno puede preguntarse por qué no fue despertado, por ejemplo, por el discurso social de Gustavo Petro. Al respecto, este personaje señala que ahora que también ha oído con atención al líder de la izquierda le reconoce asuntos positivos, pero que no lo convence la información que sobre él ha encontrado en redes sociales:

“Petro tiene cosas buenas y a la vez malas, él es muy inteligente, pero a mí no me convence por todo eso de que es aliado del chavismo, no digo que el chavismo sea malo, sino todo lo que hizo después Maduro, porque tú al estar regalando todo generas crisis porque las cosas se acaban, eso es lógico, yo lo veo porque aquí en el barrio vivo rodeado de venezolanos que están mal, y no quiero eso”.

Posmillenial amante del reguetón, en este punto cita a un cantante y activista venezolano opositor del régimen de Maduro: “Ya Nacho lo dijo en un video que vi el otro día: ‘Elijan bien colombianos, elijan bien’”.

Sobre la carta de la derecha Federico “Fico” Gutiérrez, cuenta que no le gusta porque, “como bien se lo dijo en la cara el ingeniero”, representa la continuidad “de todo lo que ha venido pasando”. De Sergio Fajardo —que es profesor y tiene como bandera principal la educación— señala simplemente que no lo conoce mucho, no le salen sus videos y, cuando lo hacen, no se identifica ni le llaman la atención o emocionan sus intervenciones.

Carlos es el único miembro de su familia chiquita que va a votar en estas presidenciales. A su mamá María y al papá Fredy, que en 2019 salió de la Drummond y ahora está esperando cumplir la edad para pensionarse, tampoco les ha interesado nunca enterarse o participar en ninguna elección. Ellos creen en el trabajo y en la decencia, pero no en los cambios que suponen estos procesos, un asunto que puede dar luces sobre las razones de la histórica abstención electoral en Colombia.

En cualquier caso, tampoco es que el muchacho se la pase hablando del tema político. La emoción y el interés prioritarios de su vida en estos momentos orbitan alrededor de la crianza de Carlos Andrés, el bebé que tuvo con la novia que vendió el voto en 2018, y de poder conseguir un computador, así sea de segunda, para entrar a mediados de año al SENA a estudiar contaduría.

Contrario a lo que le señalaba inicialmente su destino de niño lomero, en 2015 Carlos Vásquez obtuvo grado de bachiller del instituto distrital Alberto Assa de Barranquilla, meses más tarde se capacitó en mantenimiento de piscinas en una corporación privada y hace dos años trabaja como aseador de la zona social en un edificio del norte. Recientemente pudo sacar a crédito una moto que quería hace rato.

Dice que su sueño es comprar su casa propia y ayudar para que allá en La Loma su mamá “original”, como le dice a Petrona, ya no tenga que trabajar más como empleada doméstica del médico del pueblo.

Más o menos dos veces al año, toma un bus cinco horas y la visita. También a sus hermanos. Rosa, la menor, a sus 19 ya le ha dado tres sobrinos. De los cinco hijos de aquel hogar de Petrona y Martín, han muerto dos: Héctor, que le regaló su primer par de zapatos buenos, era amansador de caballos y a los 20 fue asesinado en medio de una pelea. Y Jaider, que a los 18 fue arrollado por una mula en la carretera.

Carlos dice que no entiende todas las reglas electorales, no tiene tan claro qué tiene que suceder para que se de, por ejemplo, una segunda vuelta presidencial. Cuando le pregunto por quién votaría si llega a presentarse el caso de que Rodolfo Hernández salga de la contienda, me responde: “Ahí sí no saldría de mi casa ese día”. O es el ingeniero o no es ninguno.

*Esta crónica hace parte de una serie. Pueden leer más aquí:

“Me mamé del sistema y voy por Petro, carajo” (aquí).

Mi voto feminista (bogotano, educado, cool) por Francia Márquez (aquí).

“Tengo empute con el centro, pero me mantengo con Fajardo” (aquí).

El voto a “Fico” por miedo a Petro (aquí). 

Fue periodista de historias de Bogotá, editora de La Silla Caribe, editora general, editora de investigaciones y editora de crónicas. Es cartagenera y una apasionada del oficio, especialmente de la crónica y las historias sobre el poder regional. He pasado por medios como El Universal, El Tiempo,...