Esta campaña que prometía ser muy aburrida, terminó siendo una intensa disputa entre dos alternativas muy marcadas. Estas son las principales que los colombianos decidirán con su voto hoy. Otras cosas ya cambiaron durante la campaña.

Esta campaña que prometía ser muy aburrida, terminó siendo una intensa disputa entre dos alternativas muy marcadas. Estas son las principales que los colombianos decidirán con su voto hoy

Mantener el proceso de la Habana vs. otro (o ninguno)

Como contó La Silla, la dicotomía planteada por Santos entre el “fin de la guerra” o “la guerra sin fin” no es tan sencilla así como tampoco lo es la planteada por Zuluaga entre la “paz con impunidad” o “la paz sin impunidad”. Pero, aún en el improbable caso de que las Farc aceptaran las condiciones que el candidato uribista dice que les exigiría, se estaría escogiendo entre dos modelos de negociación muy diferentes.

La negociación de Santos parte del supuesto de que existe un conflicto armado que tiene raíces políticas y su objetivo es crear las condiciones para superarlas. El gobierno considera que si se logra un desarrollo rural integral y las garantías para que un partido disidente y radical pueda perseguir fines revolucionarios pero a través de las urnas y no de las armas se lograría poner fin al conflicto armado. El resultado de esta negociación, entonces, transformaría las condiciones del campo y la forma de hacer política.

En cambio, Zuluaga, como Uribe, considera que no hay un conflicto armado interno sino una amenaza de un grupo terrorista contra un Estado legítimo. Por eso, el proceso que ofrece Zuluaga es un proceso de capitulación de un vencido que no tiene otra salida diferente a aceptar las condiciones que le impone el vencedor.  Si las acepta y entrega las armas, habría una recompensa por haber capitulado. Sería un proceso cuyo resultado podría ser similar al de la negociación con los paramilitares: las Farc entregarían las armas a cambio de unos beneficios principalmente económicos, pero tendrían un mínimo protagonismo político y la negociación tendría muy poca incidencia en la agenda del país

Álvaro Uribe en el centro del poder vs. en la oposición

Una de las mayores incógnitas de estas elecciones es si, en caso de que gane, Óscar Iván Zuluaga podría gobernar con independencia frente a Uribe. Quienes han trabajado con Zuluaga en el pasado creen que el candidato tiene el temperamento para ser autónomo. Dicen que, en vez de oponerse a Uribe, Zuluaga sabía manejarlo. Y que su manera más efectiva de controlar al ex presidente era siendo franco con él pero ayudándole a encontrar soluciones alternas cuando le respondía con un ‘no’. “Nos sentaba a todos los funcionarios técnicos y nos decía ‘el presidente quiere tal cosa y eso no se puede, así que busquemos una salida que sí se pueda’”, dice una antigua funcionaria.

Un ex alto funcionario de Uribe, que no está en su movimiento político, le contó a La Silla una anécdota, que para él muestra la independencia de carácter de Zuluaga: un año y medio después de comenzado este gobierno, en un coctel en el que se encontraron, Santos le dijo a Zuluaga “Me gustaría que fuera mi Ministro del Interior”. Zuluaga le contestó “Presidente, hablemos de esto pero en calma” y luego, durante la reunión en Palacio que agendaron, le declinó el ofrecimiento y aprovechó para decirle todo lo que no le había gustado de su gobierno. Esa misma noche, según la misma fuente, Zuluaga fue donde Uribe y le dijo “Yo quiero ser presidente pero necesito que usted me apoye. Necesito que usted trabaje para mí, no yo para usted. Yo no puedo asumir todas las peleas que usted está dando”. Y que Uribe aceptó.

Pero, como dice un ex alto funcionario de Uribe, “no es lo mismo que hace cuatro años. Para mí la gran pregunta es ¿cómo va a ser la actitud política y psicológica de Uribe si Zuluaga gana? ¿Cómo reaccionará él?”.

“Su poder es descomunal y es innegable. El día que Zuluaga decida ir por su lado va a ser muy complicado de manejar: el problema no es tanto qué tanto margen de maniobra tenga él como persona -que yo creo que la tiene- sino si políticamente puede hacerlo y qué costo tendría. Santos creyó que podía hacerlo poco a poco, pero -independentemente de si está uno de acuerdo con que lo hiciera o no- tuvo un impacto muy negativo para él”, dice esa misma persona.

Además, con Uribe en el Congreso liderando una bancada de 21 senadores y muy posiblemente haciendo alianza con la bancada conservadora, Zuluaga tendría un margen de maniobra bastante menor a la que tuvo Santos en caso de querer ir en contra del ex presidente que ejerció su oposición desde Twitter.

Entonces, uno de los grandes asuntos que se decidirán hoy es si el expresidente Uribe vuelve a estar en el centro de la toma de decisiones de poder, hasta el punto que podría abrirse de nuevo el camino para cambiar la Constitución y volver a la Presidencia en un tercer mandato o si se mantendrá en la oposicióno. 

Las víctimas en el centro del debate político vs. en los márgenes

No es cierto, como afirmó Santos en los debates, que sea necesario reconocer la existencia de un conflicto armado para poder negociar la paz, pero si no se reconoce el conflicto el reconocimiento de los derechos de las víctimas es muy diferente. Porque si son víctimas de la criminalidad ordinaria (como lo es la guerrilla para Zuluaga), entonces no es necesaria una comisión de la verdad, ni la atención psicosocial, ni medidas especiales de acceso a educación y salud como parte de la reparación ni mucho menos la reparación simbólica.

Tampoco es cierto lo que dijo Santos de que Zuluaga y el uribismo no hayan querido reparar a las víctimas. Pero la forma de hacerlo si fue muy diferente. Cuando Zuluaga era Ministro de Hacienda firmó el decreto 1290  de 2008, que permitió que todas las víctimas de grupos guerilleros o paramilitares -no de los militares, pues el uribismo considera que eso sería equiparar los grupos armados ilegales y los legítimos del Estado- fueran a Acción Social y a través de un trámite administrativo, obtuvieran una indemnización que iba desde los 27 salarios mínimos por desplazamiento hasta los 40 por homicidio, desaparición forzada y secuestro, que era dividida por el número de afectados -‘deudos’- en la familia. Es decir, unos 24 millones de pesos por caso.Estos pagos se están terminando ahora.

De las 385 mil indemnizaciones que ha entregado el gobierno de Santos hasta ahora, 265 mil corresponden a solicitudes hechas durante la era Uribe (con plata que éste dejó aprobada).

Para Santos, en cambio, la reparación pasa por una vía mucho más integral que incluye no solo un componente monetario sino los otros cinco pilares de los que habla la ONU: la rehabilitación psicológica, la restitución a las condiciones de vida anteriores, la satisfacción de su deseo de verdad y las garantías para que no vuelva a suceder.

Y que, por su complejidad, requiere de toda una institucionalidad que pueda aterrizarla: una Unidad de Víctimas que coordine el proceso, una de Restitución que devuelva las tierras despojadas, una de Protección que proteja a los líderes, un Centro de Memoria Histórica que reconstruya la verdad del conflicto.

Pero, sobre todo, que comienza con su reconocimiento como víctimas de un conflicto armado –independientemente de si su agresor fueron las guerrillas, los paras o la Fuerza Pública- así eso sea en sí algo más simbólico que tangible.

Es un proceso mucho más lento que el que plantea Zuluaga y mucho más costoso pero al mismo tiempo, más profundo de reconocimiento del daño sufrido. Dependiendo de quién gane probablemente se seguirá un camino u otro.  

El establecimiento actual vs su derrota 

Alrededor de la candidatura de Santos se ha creado una especie de Frente Nacional Ampliado, que incluye todo el establecimiento político, los grandes medios, los cacaos, y también la izquierda, las minorías, los sindicatos y casi todos los dirigentes sociales. Si gana Óscar Iván Zuluaga, sería la primera vez en que un disidente como Uribe derrota al Establecimiento y toda su maquinaria. El impacto de esto no es fácil de preveer, dado que para gobernar es muy posible que Zuluaga tendría que tender puentes con los partidos políticos tradicionales y con los medios. La pregunta es si lo haría bajo la premisa de que el Establecimiento “agache” la cabeza y se someta a la lógica del “diálogo popular” o el “Estado de Opinión” del uribismo, donde la relación del mandatario es principalmente con el ciudadano de manera directa y no a través de las instituciones creadas para mediar esa relación.
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Un gobierno liberal vs. uno conservador

Hoy también se escoge entre un gobierno de corte liberal que llegaría al poder con una coalición amplia de centro izquierda y uno de corte conservador, que llegaría al poder con una coalición de derecha. Las implicaciones de ambos modelos son conocidas. En un gobierno de Santos, no solo el Partido Liberal tendería a su reunificación y a convertirse en el partido más poderoso sino que se reforzarían las ideas liberales en el sentido amplio del término. Seguramente, y también gracias a la importancia que habría tenido la izquierda y las organizaciones sociales en el triunfo, se impulsarían reformas progresistas en lo moral como el matrimonio gay y una política de drogas menos punitiva y habría mayor espacio para la protesta social. O, por lo menos, se frenarían iniciativas del Procurador en contra de las minorías y las mujeres.

En el caso de que triunfe Zuluaga, seguramente se vería un realinderamiento de la derecha, compuesta por el Partido Conservador, el sector uribista de la U y el Centro Democrático, bajo el liderazgo del ex presidente Uribe. Iniciativas para reconocer más libertades individuales, impulsadas desde la Corte Constitucional a favor de minorías sexuales o mujeres podrían tratar de reversarse o por lo menos de no seguir ampliándose, con lo cual el poder del Procurador se vería reforzado.  Además, otros sectores, como el de las Fuerzas Militares serían más escuchados. De hecho, Zuluaga propone poner en marcha un plan de excarcelación condicionada para los militares que están encarcelados sin condena, para que se puedan defender en libertad.Y crear un alto tribunal temporal para revisar las condenas de miembros de la Fuerza Pública por actos cometidos durante el servicio y aumentar el salario de los soldados y policías. 

Lo que ya cambió

Incluso antes de que se conozcan los resultados, ya es evidente que varias cosas cambiaron en el paisaje político del país. Estas son algunas de ellas:

Se derrumbó el mito de la invencibilidad del presidente-candidato

Gane o pierda Juan Manuel Santos este domingo, la campaña ya demostró que el presidente en ejercicio –a pesar de contar con todas ventajas que implica estar en el poder- es derrotable. Santos tuvo a lo largo de esta campaña el apoyo abierto de los principales medios nacionales, de prácticamente todo el establecimiento político, de las organizaciones sociales. Alineó una millonaria inversión de pauta oficial con su campaña, dispuso previamente de billonarios cupos indicativos para aceitar la maquinaria y sacó decretos que beneficiaban sectores específicos que le podían poner voto . Lo único que no tuvo de su lado fue el poderoso Álvaro Uribe, algunos políticos conservadores, y la Fuerza Pública. Sin embargo, llega hoy a las urnas con unas encuestas que le dan el empate técnico.

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La politización de la Fuerza Pública

Los militares y policías no pueden votar, una prohibición que busca evitar la politización de las fuerzas que están para salvaguardar la democracia. Sin embargo, en esta campaña, abundaron las denuncias sobre la movilización política de militares y policías a favor de la campaña de Óscar Iván Zuluaga.

“Hemos recibido quejas de todo el país. Yo, la verdad, mientras que he hecho política, nunca en la vida había visto que se estuviera perdiendo la neutralidad de la Fuerza Pública, que es una gran conquista de Colombia”, afirmó Cesar Gaviria, jefe de campaña de Santos, en declaraciones a Caracol Radio. Ya antes, en declaraciones al El Tiempo, el candidato vicepresidencial, Germán Vargas Lleras denunció supuestos hostigamientos y destrucción de publicidad de la campaña de Santos por parte de algunos integrantes de la Fuerza Pública. Seis policías están siendo investigados por estos hechos, y el Ejército solicitó a todas sus unidades cerrar las cuentas de redes sociales para evitar el proselitismo.

Tocará ver si esta activación política de la Fuerza Pública fue un asunto coyuntural por su especial relación con el expresidente Uribe y la coyuntura del proceso de paz al que un sector castrense se opone o es el germen de un movimiento político liderado por militares. 

La propaganda negativa llegó para quedarse

Con la llegada de J.J. Rendón a la política colombiana en las pasadas elecciones, se comenzó a ver el uso de la guerra sucia como una estrategia de campaña. Pero como el contendor era Antanas Mockus, que representa todo lo contrario, el resultado fue más bien su aniquilamiento político.

En esta campaña, en cambio, los dos contendores usaron toda la propaganda negativa posible para derrotar al otro. En eso, esta campaña comenzó a parecerse más a las campañas políticas de Estados Unidos y de otros países y quedaron definitivamente atrás las virtudes de la hipocresía que reinaba en el pasado.

La pretensión de neutralidad de los medios se acabó

Salvo los editoriales de los periódicos que en el pasado han cantado su voto y las posiciones de los columnistas, el cubrimiento informativo de la gran prensa colombiana, a diferencia de la de otros países, había tenido tradicionalmente una pretensión de objetividad y de neutralidad en las campañas políticas. En esta contienda, esa pretensión se acabó y los grandes medios se alinearon abiertamente con la campaña reeleccionista.

Surgió una nueva coalición política 

Como lo explicó Héctor Riveros en su columna de ayer, el desafío que el uribismo le planteó en esta campaña al Establecimiento ha dado pie al surgimiento de una nueva coalición política, de centro izquierda, que incluye a los partidos de la Unidad Nacional, a la izquierda ligada a la reivindicación de los derechos humanos (la más ligada a las reivindicaciones económicas se quedó por fuera) a los grupos indígenas, afrocolombianos y Lgbti, a los sindicatos y a otras organizaciones sociales que ha decidido apoyar a Santos para frenar el regreso de Uribe a la presidencia.. 

Fui periodista de La Silla Vacía especializado en temas ligados al Acuerdo de paz (desarrollo rural, política de drogas, justicia transicional y cómo las víctimas reconstruyen sus vidas) y al ambiente. Soy pata de perro y tengo más puestos que una buseta: soy editor del Centro Latinoamericano de...

Soy la directora, fundadora y dueña mayoritaria de La Silla Vacía. Estudié derecho en la Universidad de los Andes y realicé una maestría en periodismo en la Universidad de Columbia en Nueva York. Trabajé como periodista en The Wall Street Journal Americas, El Tiempo y Semana y lideré la creación...