Todo lo que necesita saber sobre el poder, la deforestación y la biodiversidad en la región amazónica está en la Silla Amazonía.
La COP16 es uno de los eventos con mayor participación de las comunidades indígenas y, sobre todo, de las colombianas con respecto a otras cumbres. Y sin embargo, también ha sido un espacio en el que este grupo ha tenido un golpe de realidad.
Los indígenas se han dado cuenta de las muchas barreras que aún tienen que superar para tener una verdadera incidencia sobre la discusión de la biodiversidad de la que ellos son los principales guardianes. Se calcula que un 80% de los ecosistemas protegidos son gracias a ellos y las cifras muestran que son más efectivos que la figura de parques naturales incluso.
En Cali hay cerca de mil indígenas acreditados, el doble de los que participaron en la COP15 de Montreal, según David Ainsworth, miembro del equipo de la secretaría del Convenio de Biodiversidad.
“Nunca los indígenas habían tenido un pabellón en la Zona Azul de una cumbre de biodiversidad”, dice Juan Sebastián Céspedes, director de Comunicaciones del MinAmbiente.
La sala Amazonía, que es el escenario más grande de la Zona Azul de la COP y donde se sientan en pleno los gobiernos de los países, alojó el lunes, por ejemplo, un evento presidido por líderes y lideresas indígenas sentados en el panel vestidos con sus atuendos tradicionales y coronas de plumas que hablaron sobre líderes ambientales asesinados.
En la Zona Verde, en el Boulevard del Río, construyeron su propia maloca. “El espacio de la maloca ha sido increíble, hemos tenido muchas conversaciones de alto nivel, es un referente dentro de la Zona Verde. Por aquí ha pasado la minJusticia, la minAmbiente, el MinMinas. La gente ha podido conocernos y darse cuenta que en la selva vive gente”, dice Yuri Mejía, designada como negociadora por la Opiac, la organización que agrupa a los pueblos indígenas de la Amazonía.
La COP de la gente, como la llamó el gobierno colombiano, se reflejó en que casi el 100 por ciento de las solicitudes de eventos que se hicieron fueron aceptadas. Aunque no hay aún cifras oficiales, se calcula que de 960, 930 lograron tener un espacio.
Pero esa COP de la gente, según Andrew Miller, de Amazon Watch, una organización que apoya a las comunidades indígenas en su participación en diferentes espacios políticos, también generó unas expectativas altas de que iban a poder incidir de una manera directa en las negociaciones. Algo que con el paso de los días se ha diluído pues los indígenas se han estrellado contra la realidad de un sistema que no está hecho para que participen como un gobierno más.
No son parte
El Convenio de Biodiversidad suscrito en 1993 es entre los gobiernos de los más de 195 países que lo han suscrito, que en la jerga diplomática se llaman “partes”. Son ellos los que pueden discutir y tomar las principales decisiones para tomar medidas para detener la pérdida de animales y plantas y con ellas garantizar el sostenimiento de la vida en el planeta.
Las comunidades querían en esta COP conseguir que los recursos de protección de la biodiversidad les llegaran directamente a ellos, y que no se quedara 8 de cada 10 pesos en las ONG que sirven de intermediarias; que los resguardos se consideren un indicador de conservación para los países; y que se cree un órgano subsidiario del convenio de biodiversidad para los temas indígenas y de comunidades locales. Pero como no son ‘parte’ ha sido muy difícil avanzar en ellos hasta hoy.
“La próxima vez vendremos acreditados como gobierno”, dice Fabio Valencia, el representante legal del consejo indígena del Pirá Paraná en Vaupés, que está en proceso de conformarse como una entidad territorial indígena. Una vez esto suceda, él como autoridad tendrá el nivel de un alcalde en lo que hoy son áreas no municipalizadas. Está vez tuvieron que inscribirse en la Zona Azul por medio de la ONG Gaia Amazonas.

Lo máximo que han podido lograr los pueblos indígenas hasta ahora es que se reconociera al International Indigenous Forum on Biodiversity —IIFB— como un órgano consultivo del Convenio de Biodiversidad. Se trata de una plataforma global que abarca a organizaciones de los siete continentes del mundo. Ahí está concentrada la participación con más impacto de los pueblos indígenas, que se diluye entre los cientos de países y organizaciones de base por el mismo tamaño que abarca.
El IIFB tienen un asiento en los espacios pequeños donde se llevan a cabo las negociaciones, lo que se conoce como grupos de contacto o de trabajo, los cuales están divididos por los temas gruesos de la conversación en la cumbre, uno es, por ejemplo, secuencias genéticas digitales otro es financiación y así.
Sin embargo, cuando la discusión ya se hace en espacios de alto nivel a puerta cerrada, el IIFB no puede entrar y quienes toman la decisión final son los gobiernos. Su carácter es el de “observadores”.
Además, las conversaciones de los grupos de trabajo solo se pueden dar en inglés. Aunque hay cabinas y audífonos para escuchar mejor la conversación, no la traducen a otros idiomas.
“Hubiéramos podido hacer mucho si supiéramos hablar inglés, uff mucho más”, dice Yuri Mejía, negociadora de la Opiac. Cuenta que antes de llegar a la COP una ONG los capacitó sobre la metodología, “pero cuando llegamos acá fue un golpe de realidad muy duro, era difícil imaginarse antes realmente cómo funciona. Es muy técnico. Las discusiones giran en torno a artículos, incisos, el lenguaje es todo, se discute cada palabra. Y las conversaciones se entrelazan con otras que han pasado en diferentes espacios y durante muchos años atrás”.
Según Mejía, tienen dos compañeras que son traductoras, pero no dan a basto para estar en todos los espacios. David Ainsworth, miembro del equipo de la secretaría del Convenio de Biodiversidad dice que la traducción es uno de los gastos más grandes de la cumbre y dado que son tantos grupos de trabajo en principio no es viable asumirlo.
Adicionalmente, ahí es necesario que las conversaciones ocurran de forma instantánea para que fluyan, de lo contrario sería muy difícil. Por último, el inglés es el lenguaje oficial de Naciones Unidas.
La otra participación que están teniendo los indígenas es como parte de la delegación del gobierno colombiano. De 70 miembros, 16 son indígenas, afro y campesinos. Fueron invitados a participar en la redacción de los textos y a identificar posibles impactos negativos que se incluyan en ellos. Esto es inédito, dice Juan Sebastián Céspedes, director de comunicaciones del MinAmbiente. Sin embargo, muchas de esas personas están lidiando también con la barrera del idioma.
El choque es entre dos mundos con lógicas muy diferentes. “Esta COP ha girado en torno a la financiación. Ese es un tema complementario, pero no es lo principal. La pregunta fundamental es qué mundo le vamos a dejar a las siguientes generaciones y cómo vamos a hacer para que tengan un pensamiento sistémico, que entiendan que la tierra es un ser vivo”, dice Harold Ipuchima, miembro de la Onic y punto focal los indígenas en la COP16.
Reinaldo Morales, indígena Quechua de Perú y profesor de la Universidad de Northwestern en Chicago, quien es consultor del IIFB, el órgano consultivo que agrupa a los indígenas frente al Convenio de Biodiversidad, señala una serie de condiciones que deben cumplir los indígenas para poder participar en las decisiones y que ratifican lo exigente que es estar en condiciones de participar.
“Lo que yo les digo a mis hermanos es que tienen que estar hipercapacitados; aprender inglés; hacer maestrías, doctorados, no basta ser activista, pues necesitan conciliar el conocimiento tradicional y el lenguaje científico, sólo los pueblos indígenas pueden hacer ese puente; tienen que registrarse ante los órganos de los tratados, convenios en los que quieren incidir y estar dispuestos a trasnocharse, a asistir a las reuniones virtuales previas y participar en los documentos que después se traen a la COP. Tienen que estar dispuestos a que no les paguen por eso”, dice.
Morales cree que los indígenas deben entender que la participación es un proceso no un resultado y que para cambiar el sistema hay que jugar las reglas del sistema. Las COP, según él, no son un lugar para llevar las demandas locales, de cada comunidad, de cada pueblo. “Quienes participan deben tener la capacidad de ponerlas en el sistema y en el lenguaje global”. Solo así, según él, se podrá avanzar hacia una diplomacia indígena internacional.
En esta COP ha surgido además un desafío adicional para que los indígenas logren uno de los principales objetivos de su agenda. El tema afro.
El impulso de la agenda afro retrasa el de la indígena
Un punto en que el gobierno se ha empleado a fondo es en la inclusión de la categoría de afrodescendientes en el artículo 8J del convenio de biodiversidad. Este trata sobre el rol de los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas y comunidades locales en la conservación de la riqueza natural.
Con la diplomacia personal de la vicepresidenta Francia Márquez, Colombia ha convencido a los países africanos y a los canadienses que se oponían en un principio a incluir a los afros en esa repartición de beneficios.
Pero por la manera como se dan las negociaciones esto ha implicado retrasar temas de la agenda de las comunidades indígenas o restarles visibilidad.
En la mañana del 30, se regó en los pasillos de la Zona Azul un rumor fuerte, según le contaron a La Silla dos fuentes que pidieron no ser citadas, de que el gobierno había puesto en corchetes (es decir, en duda) un texto sobre participación política y financiación directa a los indígenas, condicionándolo a la aprobación de la categoría afro. Después esa versión se reemplazó por otra que habían sido otros países los que lo habían solicitado, no Colombia. El MinAmbiente le dijo a la Silla que en efecto no era cierto que eso hubiera pasado.
Pero ese mal entendido fue la antesala de lo que ocurrió en la plenaria anoche.
Cuando el gobierno esperaba que los países aprobaran la inclusión de los afro, la Unión Europea, que estaba en principio de acuerdo con eso, se opuso. Dijo que ese punto debía tratarse de forma integral con otro, que es la creación del órgano subsidiario dentro de la estructura del Convenio de Biodiversidad, que se ocupe del artículo 8j de los asuntos indígenas y comunidades locales.
Esto podría aumentar la participación de los indígenas en las decisiones que se toman y que no sean solo “observadores”, que es la calidad que tienen actualmente. Indonesia había pedido, previamente, durante la plenaria, que la discusión del órgano subsidiario pasara a la COP17. Por eso la Unión Europea reaccionó así.
Así, los dos temas se han entreverado y por esa vía generado un malestar grande entre los indígenas que se consideran injustamente afectados por la agenda afro del gobierno.
No es la única inconformidad que tienen. Uno de los anuncios que las comunidades indígenas esperaban que hiciera el gobierno en la COP16 era la creación de al menos cinco entidades territoriales indígenas —Etis—. Es una institución que estableció la Constitución de 1991 para que los indígenas de las áreas no municipalizadas de Amazonas, Vaupés y Guainía tengan su gobierno propio, sean autoridades con sus propios planes de vida (planes de gobierno) y con la capacidad para recibir recursos del sistema general de participaciones, del presupuesto nacional y de fuentes propias, así como, de ordenar el gasto.
Llevan seis años con recursos de cooperación internacional en el proceso de conformación de las Etis, luchando contra la burocracia del Estado, concretamente del MinInterior, que les ha puesto trabas y también contra el intento de algunos políticos de saltarse el mandato constitucional y promover que en vez de Etis se creen municipios en las áreas no municipalizadas.
Por eso, según Fabio Valencia, Gonzalo Macuna y Antonio Matapí, que hacen parte del macroterritorio de los Jaguares de Yuruparí y son representantes legales de sus comunidades que esperan convertirse en Etis, el acuerdo con el gobierno era que el MinInterior iba a sacar los decretos y anunciarían su creación durante la COP 16, pero varias entidades han incumplido la ruta que se trazó para eso. Esto iba a ser un espaldarazo para ellos y un paso más para aumentar su capacidad de incidir en escenarios como las cumbres de biodiversidad y clima.
A pesar de esas frustraciones frente a las inmensas expectativas que tenían, si algo deja claro esta COP en Cali es que las comunidades indígenas tendrán un rol cada vez más protagónico en las discusiones sobre cómo proteger el planeta.
